Por primera vez en más de doscientos años el capitalismo como sistema económico y social no tiene ningún tipo de sistema alternativo al que reemplazar o que le amenace. Es por ello que por lo que es capaz de imponer su poder a escala global, sin ofrecer ningún tipo de concesión a los menos favorecidos. La presente crisis ha mostrado hasta que punto es capaz de doblegar gobiernos y países sin apenas pestañear a pesar de que todo el mundo pensaba que había que reformar el sistema. Finalmente la crisis parece que lleva camino de destruir todo aquello que lo desafía incluso las heterodoxias surgidas dentro del sistema. Las bases de este análisis son:
- La constatación de que no existen alternativas de fuste al sistema capitalista. El Antiguo Régimen fue finalmente barrido, el catolicismo social (si alguna vez fue una alternativa) no pasa de algunas críticas puntuales y el comunismo o se ha derrumbado o se ha sido domesticado e integrado.
- Existen alternativas pero por el momento están marginadas o tienen un papel intermitente en el plano nacional o internacional: islamismo radical, comunismo marginal, ecologismo...
- La incapacidad de los gobiernos de imponer regulaciones a los mercados financieros que actúan, a pesar de su responsabilidad en el estallido de la crisis (y en última instancia de su gestación), como guardianes de la estabilidad presupuestaria y del recorte de gasto.
- La aspiración abierta a la limitación cuando no desmatelamiento del Estado del Bienestar.
Bolsa de Nueva York
Karl Marx en su amplia produción científico-social estableció en un amplio análisis empírico de corte materialista e historicista del capitalismo (materialismo histórico) que éste tenía como desenlace último su propia destrucción como resultado de sus contradicciones. Es evidente que a finales del siglo XIX su fin no se había producido lo que puso a los marxistas más ortodoxos de comienzos del siglo XX en el trance (en algún caso evitado de forma artificial) de tener que elegir entre una revolución bastarda que escapase de la teoría clásica marxista o una adaptación táctica al sistema democrático. Las crisis bélicas de las guerras mundiales y la Gran Depresión parecieron recuperar las líneas clásicas del marxismo en el que se profetizaba un fin inminente del capitalismo. Así los socialistas en las sociedades con más dificultades recuperaron o mantuvieron un tono más revolucionario. La Guerra Fría recuperó el dilema de principios del siglo XX. En este contexto la socialdemocracia o socialismo democrático (este último en mi opinión es el más adecuado) tuvo un éxito sin precedentes en la Europa Occidental de la segunda mitad del siglo XX. Incluso la democracia cristiana y la derecha conservadora confluyeron con ella recuperando y relanzando su faceta más social (los primeros) o desempolvando sus viejas estrategias sociales de contención (los segundos siguiendo el ejemplo de Bismarck).
La ideología capitalista keynesiana de corte demandista les dio a todos un contexto teórico en que poner en marcha el Estado del Bienestar. Normalmente se considera que la puesta en marcha del Estado del Bienestar se encuentra en la Gran Depresión, algo que es acertado si no tenemos en cuenta los embriones de política social de algunos gobiernos europeos de comienzos del siglo XX. Sin embargo políticas de gasto y de corte social como el New Deal fueron actuaciones con grandes altibajos y sujetas a fuertes presiones externas. Sus efectos no fueron tan espectaculares como resultó ser las política de fomento bélico y control de la mano de obra del III Reich. El capitalismo norteamericano vivía en la más pura ortodoxia teórica y el europeo prefería planteamientos fascistas o cuanto menos autoritarios para frenar el avance socialcomunista. Fueron la Segunda Guerra Mundial (con la necesidad de generar una movilización total de recursos y proporcinar una justificación a los sacrificios de la población) y la amenaza comunista durante la Guerra Fría los que convencieron al capitalismo de ambas orillas del Atlántico de la necesidad de hacer las concesiones que favorecieron el éxito señalado en el párrafo anterior.
La ortodoxia económica no daba frutos adecuados y la alternativa fascista y autoritaria, exitosa en un primer momento, había favorecido un avance comunista sin precedentes durante la Segunda Guerra Mundial. Es por ello que en los estados más desarrollados, relegadas las opciones anteriormente señaladas al tercer mundo bajo la órbita capitalista, se optaron por una estrategia nueva: el fomento del Estado del Bienestar. El capitalismo no sólo servía para orientar y dirigir la economía productiva sino también podía garantizar a los ciudadanos un bienestar aceptable. La ortodoxia y los planteamientos de darwinismo social (ley del más fuerte o si se prefiere del más rico) se mantuvieron aunque fueron relegados a algunos profesores de universidad marginados y a algunos contextos tremendamente conservadores (Deep America).
La caída del comunismo soviético y la integración del chino en el sistema productivo capitalista mundial acabó con el principal contrapeso que había moderado las tendencias más darwinistas y selváticas del sistema capitalista. La inercia continuó durante un tiempo (habría que estudiarlo con cuidado). El mandato de Bush Junior marcó con claridad el cambio de tendencia. Ciertamente aunque ya existía una actitud antisocial en la derecha, por lo menos más exitosa que en las décadas anteriores, desde tiempos de Regan y Tacher sin embargo la confianza generada por diez años de crecimiento ininterrumpido hundió definitivamente cualquier tipo de contrapeso que podía haber sobrevivido al reganismo o la caída del comunismo. La ortodoxia y sus planteamientos desreguladores camparon a sus anchas creando el marco adecuado para la especulación financiera. La crisis actual lo ha puesto de manifiesto. Sin embargo, lo más interesante no es esto sino que el poder de los mercados es tan grande que una vez conseguido el ajuste financiero y la recapitalización propia tienen capacidad para exigir a los estados la disciplina financiera que ellos no han tenido. Plantean como opción, incluso, el desmantelamiento (parcial según defienden) del sistema del bienestar (educación, sanidad, pensiones...) si con ello se alcanzan los objetivos de estabilidad presupuestaria.
¿Hay otros contrapesos a la vista que puedan controlar este caballo desbocado y poderoso que es el capitalismo? La respuesta es no. ¿Puede haberlos en el futuro? Sí. De los países pobres puede venir el anhelado contrapeso. Antes vino de Rusia y ahora puede venir del mundo árabe. Los gobiernos árabes de transición surgidos de las revoluciones del invierno del 2011 se encuentran en el mismo dilema de Kerensky en el año 1917: dejarse arrastrar por un contexto internacional que no pueden controlar, contemporizando con los anteriores grupos dirigentes y prometiendo tímidas reformas futuras; o romper con todo lo anterior imponiendo reformas de calado lo que llevará a su marginación internacional. La opción más viable para ellos es la primera. La cuestión es si dicha decisión convencerá a sus pueblos o llegarán unos nuevos "bolcheviques" que encabecen un nuevo impulso revolucionario. El islamismo radical tiene todas las papeletas para jugar este papel. Una nueva guerra fría entre Occidente y el Islam puede proporcinar un nuevo contrapeso al capitalismo. Es cierto que elemento cultural y religioso puede atemperar su efecto en Occidente. Sin embargo no debemos olvidar que existen comunidades islámicas importantes en Europa y Estados Unidos y que las clases bajas y medias bajas occidentales no están lo que se dice contentas con la situación actual. Sobre esta cuestión recomiendo leer el siguiente artículo de Ramón Muñoz en El País, en el que parte de un artículo del columnista de Wall Street Journal Paul Farell: "Si los ricos no pagan impuestos se enfrentarán a una revolución"
Otro contrapeso lo pueden respresentar en el futuro el ecologismo si es capaz de articular un discurso con gancho de acuerdo también el izquierdismo más igualitario y social. Sin embargo eso será el tema de otra entrada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario