sábado, 22 de agosto de 2015

Hacia la democracia del siglo XXI


Podríamos empezar preguntándonos ¿qué es la democracia? Es una pregunta de respuesta difícil cuyo razonamiento excedería los límites de esta pequeña entrada en un humilde blog al que nadie interesa y mucho menos visita. Una vez que he escapando del problema con esta muestra de autoflagelación sí puedo dar una breve definición: la democracia es cuando el estado de un país, en todos sus niveles y aspectos de organización, recibe la soberanía del pueblo, actuando este último de forma pasiva o activa en los organismos e instituciones que lo componen y le dan forma. Si sencilla es su concepción en cambio es difícil su aplicación práctica. Desde el siglo XIX los teóricos liberales se emperraron en domesticar la “bestia” estableciendo limitaciones para evitar distorsiones radicales, como las experimentadas durante la Revolución Francesa, que desembocasen en una auténtica “dictadura popular”. El voto no podía ser un derecho sino una responsabilidad solo asumible por aquellos que desempeñaban a su vez responsabilidades sociales y económicas. Las quejas de Aristóteles sobre los peligros de la demagogia, degeneración del régimen democrático en la Antigüedad, no hacían más que alimentar los recelos liberales. Creían que los experimentos pasados, como las comunas medievales o la república romana (de los que obviaban las distorsiones y resistencias ejercidas por oligarquías y patriciados), tarde o temprano, en contextos de crisis profunda, degeneraban hacia la anarquía popular; lo que hacía preciso domesticarlos o simplemente sustituirlos por entramados autoritarios de fuerte raíz populista. En el primer cuarto del siglo XIX parecía que la democracia de corte antiguo no podría pasar de ser una forma de gobierno limitada a comunidades rurales pequeñas muy homogéneas social y económicamente con una fuerte capacidad de coacción comunitaria. La única excepción, Estados Unidos, despertaban el interés de los teóricos que localizaron en sus raíces elementos como la articulación de la sociedad civil, una fuerte tradición de autogobierno comunitario y una libertad de prensa sin límites políticos ni sociales.
         Quizás alguna de dichas comunidades de la bucólica Suiza le sirviesen de inspiración a Rousseau en sus teorías sobre el “contrato social”. Su creencia en un consenso social absoluto que integra la libertad de todos los individuos se ajusta a este modelo. El problema es que cuando se incrementa el número de personas y la heterogeneidad social la realidad escapa de la teoría. Esto conduce a un modelo de democracia liberal (que sigue el ejemplo norteamericano) repleta de miedos, de contrapesos y autolimitaciones (hay que huir de la dictadura de la mayoría) teorizada por Tocqueville y descrita cínicamente por Churchill como “el menos malo de los sistemas políticos”. Sería esta una democracia basada en una sociedad civil fuerte muy articulada territorial y socialmente que descansa en la relativa homogeneidad social creada por una “clase media” dominante cuantitativa y culturalmente. A pesar de ello las situaciones de crisis graves la hacen igualmente inestable y no frena los enfrentamientos salvo en excepciones donde la democracia está muy arraigada en la cultura política nacional: el caso de los países anglosajones es el más significativo.
          Este modelo triunfó tras la Segunda Guerra Mundial por muchos motivos. Primero por la falta de alternativas democráticas creíbles. El grado de respeto a las libertades de una “democracia popular” era ciertamente cuestionable. La soberanía popular basada en la coerción cuando no en la dictadura no resultaba aceptables a países con fuertes clases medias deseosas de conservar sus derechos, sobre todo los de propiedad. Quedó limitada como opción para sociedades fuertemente polarizadas donde unas mayoritarias clases populares concienciadas y al límite de la supervivencia primaban la igualdad social y económica por encima del respeto a una serie de derechos abstractos que para ellas nunca habían existido. Soy consciente que este exposición es tremendamente simplista: la asamblea constituyente rusa de 1918 no era mayoritariamente bolchevique. Por ello la coerción se convirtió en un modus operandi de estas democracias comunistas que pretendían dar el poder al pueblo pero sin el pueblo.
        El segundo motivo del triunfo de la democracia liberal fue su éxito económico basado en la sociedad de consumo. La homogeneidad social vertebrada alrededor de las clases medias en auge creó una sociedad de consumo muy beneficiosa para el capitalismo económico predominante. Aparentemente democracia liberal y capitalismo entraron en una situación simbiótica que estabilizó a ambas. Para impedir el avance del comunismo el capitalismo recortaba sus beneficios empresariales lo que repercutiría en un aumento de la capacidad de consumo de las clases obreras garantizando así la mesocratización social. La cultura consumista pronto reveló que las renuncias capitalistas no eran tales.
          Hoy en día la situación ha cambiado radicalmente. Varios elementos han puesto en peligro los cimientos de las democracias liberales. La caída del peligro comunista y la globalización económica y productiva han atacado el hasta ahora aparente predominio social de las clases medias de muchos países desarrollados. Estas si no se han visto atacadas si se ven amenazadas o cuanto menos inseguras. La cacofonía mediática de las redes sociales en internet no contribuye especialmente a darle seguridad. Si bien la sociedad civil ha encontrado en internet nuevos medios de articulación social, está también provocando una pulverización de los tradicionales mecanismos socialización. Su adaptación no está siendo fácil y provoca en las clases medias desconcierto: las redes sociales se han convertido en una vía extraordinaria de canalización del descontento social pero no así en una fuente de certidumbres que doten a nuestra sociedad de seguridad y estabilidad.
        El fin del peligro comunista ha roto la simbiosis capitalista-democrática de posguerra ya de por sí muy erosionada por la globalización económica. El capitalismo no tiene ningún tipo de incentivo para renunciar a sus beneficios empresariales y financieros. Puede permitirse renunciar al apoyo de la clases medias de las sociedades desarrolladas menos prósperas. La sociedad de consumo está tan asentada que se mantiene a pesar del empobrecimiento de parte de las clases medias provocadas por la crisis. Además la especulación financiera le ha proporcionado una fuente de beneficios que posee un fuerte valor coercitivo sobre las economías desarrolladas más frágiles. La crisis del euro, cuyo máximo exponente es Grecia, es solo un ejemplo dramático de como los mercados pueden mediatizar el funcionamiento de la democracia de países aparentemente estables políticamente.
        Esto no es nuevo, el capitalismo ya había liquidado democracias progresistas de países en vías de desarrollo (Chile, 1973), y había puesto en serios aprietos la economía y la estabilidad social de países desarrollados en el pasado (crisis de los 70). Lo llamativo de este primer cuarto de siglo XXI es un alcance que le dota de gran dramatismo y cierto grado de impunidad. Como ha puesto en evidencia tanto la crisis económica actual como la crisis ecológica los estados no tienen capacidad, ni siquiera los más desarrollados y prósperos, para imponer a los sectores financieros y empresariales medidas que repercutan en beneficio de los ciudadanos que constituyen, supuestamente, la fuente de su soberanía.
        Se me dirá que la democracia no legitima el suicidio económico y político. La sociedad democrática no puede convertir a sus ciudadanos en lemings que se arrojan al mar en una “hecatombe” comunitaria. Venezuela, Grecia, México, Marbella... son ejemplos que se esgrimen para defender estos argumentos procapitalistas. Aunque son ejemplos criticables y detestables sin embargo a nivel mundial no pasan de meras coartadas que justifican que el hacha de especulación financiera recorte los derechos políticos de los ciudadanos capacitados según ley para elegir a sus gobernantes. Estos quedan “condenados” a traicionar sus programas electorales. Terminan así erosionando su credibilidad política y la estabilidad de sus formaciones políticas. Los ciudadanos ven con irritación como los gobernantes ayudan con gran prodigalidad a la banca y desatienden a los desahuciados. En esta situación debemos preguntarnos ¿cuál es el futuro de la democracia occidental? ¿podremos generar un modelo de democracia participativa que recoja de forma rigurosamente la soberanía del pueblo?
        Creo sinceramente que la democracia que deberá regir en el siglo XXI no puede ser la de la segunda mitad del siglo XX. Continuar ese modelo conlleva incertidumbres y contradicciones insalvables. Es cierto que el modelo del siglo anterior puede mantener su recorrido un cierto tiempo, en algunos países excepcionales como EEUU puede sobrevivir a largo plazo con ligeros retoques, pero será un recorrido renqueante de transición que tarde o temprano tiene que llegar a una situación de síntesis con sus contradicciones estructurales y coyunturales. El principal sostén del modelo democrático de posguerra, las clases medias, han perdido gran parte de la confianza que tenía en sí mismas. Su protagonismo futuro tanto cultural, político como social ha quedado reducido más a una esperanza que a una especulación plausible. Además sus retoños más comprometidos demandan una democracia real y rechazan la partitocracia que gobernaba en tiempos de sus padres. Están acostumbrados a exponer su opiniones en las redes sociales y no aceptan los letárgicos rituales políticos del pasado. Frente a ello el capitalismo se ha desnacionalizado, lo que la ha convertido en una fuerza mucho más incontrolable con nula empatía hacia las necesidades sociales y políticas de los distintos países. Así, cuando no emigran a paraísos fiscales las empresas están controladas por fondos de inversión cuya filiación es totalmente desconocida. El gran capital entra tan fácilmente como sale y se resiste a contribuir a la política social de ningún país. Solo las clases medias cargan con esa tarea y ello las desconcierta y les arrebata la esperanza. La decadencia y ruina el Imperio Romano ya presenció una situación equivalente cuando las grandes fortunas abandonaron las urbes y se refugiaron en las villas dejando que las raquíticas clases medias de aquella época cargasen con el estado.
        Frente a ello se demanda un nuevo modelo democrático. El problema es encontrar un modelo viable, el cual como ya hemos visto a lo largo de esta entrada es una labor harto difícil. En España se habla de "democracia rea"l. Todo el mundo la quiere e incluso tiene una visión difusa de lo que debería ser: fin de una partitocracia que ampara, cuando no es el origen, la corrupción social y política y actúa según los dictados los lobbies económicos más variados; todo ello fomentando una mayor participación de la ciudadanía a través de los ultimísimos medios de comunicación social donde todo cuenta y todo se sabe segundo a segundo; y domesticación del poder financiero por parte de un estado justo al servicio del ciudadano.
       A esta visión le falta un proyecto claro y delimitado (no para delimitar su alcance social y económico). Un proyecto básico entendible y asumible por la sociedad en su conjunto. Dejando de lado un sector de las clases medias que se conservadurizan, rozando planteamientos fascistoides, por temor seguir el camino del empobrecimiento en el que han caído sus capas más bajas, la mayor parte de la población consciente políticamente (dejando de lado a las clases nacidas en el seno de los poderes económicos) se orienta hacia un democracia de tipo social. Si no estuviera cogida la etiqueta se podría hablar de “socialdemocracia”. Una democracia surgida de la sociedad y que funcionara para la sociedad en su conjunto. Un modelo político libre de interferencias que limite los abusos de los poderes económicos reduciendo al mínimo minimorum el uso de la coerción social y económica. Una democracia social en la que se recogerían los objetivos y medios defendidos por la “democracia real” pero sin olvidar que el suicidio económico conduce al suicidio político y social. Siguiendo un poco el ejemplo de los cartistas ingleses decimonónicos planteo los siguientes puntos que deberán impulsar dicha democracia real y social:
  • Listas electorales abiertas elegidas mediante primarias con entrada y salida de independientes.
  • Fin riguroso de la disciplina de voto en todas las instituciones de gobierno.
  • Profesionalización apolítica de los órganos judiciales y de supervisión económica. Sin olvidarnos de cualquier empresa de carácter público. Debiendo ser la justicia muy rigurosa cuando se detecten irregularidades. Ello será extensible a los directivos de aquellas empresas rescatadas o nacionalizadas.
  • Establecimiento de un riguroso código sancionable jurídicamente para evitar la interferencia en las instituciones de gobierno de lobbies económicos.
  • Transparencia absoluta de la clase política e institucional sin limitaciones. El servicio público conlleva obligaciones entre las que deberá estar la renuncia temporal a determinados (sin llegar a la tabla rasa) derechos privados.
  • Flexibización y ampliación de los mecanismos para la recepción y tramitación por parte del poder legislativo, cualquiera que sea su nivel territorial, de iniciativas populares. Los órganos legislativos deberán publicitar públicamente su postura con respecto a las mismas.
  • Articulación de una política social prioritaria que al tiempo limite la actuación (manipulación) de los poderes económicos en la sociedad sin que ello ataque la actividad económica y derive hacia el suicidio. Dicha praxis política se tendría que recoger en los textos constitucionales para garantizar su cumplimiento por todas las fuerzas políticas. Se podría alegar en contra de lo anteriormente señalado su aplicación podría entrañar una desviación, una “dictadura de la mayoría”. No temo que condujese a un mundo de gulags y campos de exterminio, por lo menos en los países desarrollados. Nuestro modelo social, sin negar que está totalmente manipulado por las élites socioeconómicas nacionales, tiene tan asimilada la libertad individual que difícilmente aceptaría su supeditación a un ente común superior. No por el momento aunque hay que ser riguroso, sin perder de vista los derechos reales con fundamento jurídico, no coartadas, de todos los individuos.
       Sería un modelo en el que deberá mantener, incluso jurídicamente, los elementos más básicos de la democracia tocquevilliana: la aceptación de las decisiones de la mayoría respetando los intereses de las minorías articulando una sociedad civil cohesionada y una estructura territorial sin suspicacias. Una sociedad civil libre, con sus intereses sociales y económicos pero también dispuesta a sustentar el gobierno democrático que la ampara.
       Cuestión aparte sería la limitación del poder de las “élites” económicas mundiales. Sí mundiales, debemos ser realistas. Las crisis del euro y medioambiental nos están demostrando que el capitalismo es ingobernable e inatacable desde un solo país, lo que limitaría el alcance de la “democracia social”. Ha demostrado tener una capacidad de metamorfosis y adaptación sorprendente: desde las democracias occidentales al comunismo chino pasando por pseudodemocracias como Rusia. Desgraciadamente, hay que convivir con él al tiempo que se le cerca y se limita el alcance de sus abusos. Este deberá ser un trabajo común en el que se aunen las medidas paliativas sociales con una lucha enconada a nivel mundial que impida que su internacionalización se convierta en impunidad. Hay que obligar al capital, al gran capital, a responsabilizarse socialmente. Por desgracia no puede ser una acción de un sólo país, de una sola democracia, pues sería aplastado como una nuez, el tan temido suicidio económico será en realidad un asesinato económico. Deberá ser una labor conjunta de todos los países desarrollados que deberá incluir a los subdesarrollados.
      Es desconcertante e irritante que las divisiones nacionales y estatales no hacen más que beneficiar al capital globalizado. Cada país es una fortaleza a conquistar con el riesgo de que el aislamiento conduce al aplastamiento y a la destrucción: el caso griego es significativo. Sin embargo no debemos olvidar que la economía mundial no deja de ser un castillo en el aire en el que la caída de una pieza importante puede arrastrar a otras. La pieza griega puede caer en total aislamiento pero las piezas italiana, española o francesa pueden tener más repercusión. No hay que perder la esperanza.