Podríamos empezar preguntándonos
¿qué es la democracia? Es una pregunta de respuesta difícil cuyo
razonamiento excedería los límites de esta pequeña entrada en un
humilde blog al que nadie interesa y mucho menos visita. Una vez que
he escapando del problema con esta muestra de autoflagelación sí
puedo dar una breve definición: la democracia es cuando el estado de
un país, en todos sus niveles y aspectos de organización, recibe la
soberanía del pueblo, actuando este último de forma pasiva o activa
en los organismos e instituciones que lo componen y le dan forma. Si
sencilla es su concepción en cambio es difícil su aplicación
práctica. Desde el siglo XIX los teóricos liberales se emperraron
en domesticar la “bestia” estableciendo limitaciones para evitar
distorsiones radicales, como las experimentadas durante la Revolución
Francesa, que desembocasen en una auténtica “dictadura popular”.
El voto no podía ser un derecho sino una responsabilidad solo
asumible por aquellos que desempeñaban a su vez responsabilidades
sociales y económicas. Las quejas de Aristóteles sobre los peligros
de la demagogia, degeneración del régimen democrático en la
Antigüedad, no hacían más que alimentar los recelos liberales.
Creían que los experimentos pasados, como las comunas medievales o
la república romana (de los que obviaban las distorsiones y
resistencias ejercidas por oligarquías y patriciados), tarde o
temprano, en contextos de crisis profunda, degeneraban hacia la
anarquía popular; lo que hacía preciso domesticarlos o simplemente
sustituirlos por entramados autoritarios de fuerte raíz populista.
En el primer cuarto del siglo XIX parecía que la democracia de corte
antiguo no podría pasar de ser una forma de gobierno limitada a
comunidades rurales pequeñas muy homogéneas social y económicamente
con una fuerte capacidad de coacción comunitaria. La única
excepción, Estados Unidos, despertaban el interés de los teóricos
que localizaron en sus raíces elementos como la articulación de la
sociedad civil, una fuerte tradición de autogobierno comunitario y
una libertad de prensa sin límites políticos ni sociales.
Quizás alguna de dichas comunidades
de la bucólica Suiza le sirviesen de inspiración a Rousseau en sus
teorías sobre el “contrato social”. Su creencia en un consenso
social absoluto que integra la libertad de todos los individuos se
ajusta a este modelo. El problema es que cuando se incrementa el
número de personas y la heterogeneidad social la realidad escapa de
la teoría. Esto conduce a un modelo de democracia liberal (que sigue
el ejemplo norteamericano) repleta de miedos, de contrapesos y
autolimitaciones (hay que huir de la dictadura de la mayoría)
teorizada por Tocqueville y descrita cínicamente por Churchill como
“el menos malo de los sistemas políticos”. Sería esta una
democracia basada en una sociedad civil fuerte muy articulada
territorial y socialmente que descansa en la relativa homogeneidad
social creada por una “clase media” dominante cuantitativa y
culturalmente. A pesar de ello las situaciones de crisis graves la
hacen igualmente inestable y no frena los enfrentamientos salvo en
excepciones donde la democracia está muy arraigada en la cultura
política nacional: el caso de los países anglosajones es el más
significativo.
Este modelo triunfó tras la Segunda
Guerra Mundial por muchos motivos. Primero por la falta de
alternativas democráticas creíbles. El grado de respeto a las
libertades de una “democracia popular” era ciertamente
cuestionable. La soberanía popular basada en la coerción cuando no
en la dictadura no resultaba aceptables a países con fuertes clases
medias deseosas de conservar sus derechos, sobre todo los de
propiedad. Quedó limitada como opción para sociedades fuertemente
polarizadas donde unas mayoritarias clases populares concienciadas y
al límite de la supervivencia primaban la igualdad social y
económica por encima del respeto a una serie de derechos abstractos
que para ellas nunca habían existido. Soy consciente que este
exposición es tremendamente simplista: la asamblea constituyente
rusa de 1918 no era mayoritariamente bolchevique. Por ello la
coerción se convirtió en un modus operandi de estas democracias
comunistas que pretendían dar el poder al pueblo pero sin el pueblo.
El segundo motivo del triunfo de la
democracia liberal fue su éxito económico basado en la sociedad de
consumo. La homogeneidad social vertebrada alrededor de las clases
medias en auge creó una sociedad de consumo muy beneficiosa para el
capitalismo económico predominante. Aparentemente democracia liberal
y capitalismo entraron en una situación simbiótica que estabilizó
a ambas. Para impedir el avance del comunismo el capitalismo
recortaba sus beneficios empresariales lo que repercutiría en un
aumento de la capacidad de consumo de las clases obreras garantizando
así la mesocratización social. La cultura consumista pronto reveló
que las renuncias capitalistas no eran tales.
Hoy en día la situación ha
cambiado radicalmente. Varios elementos han puesto en peligro los
cimientos de las democracias liberales. La caída del peligro
comunista y la globalización económica y productiva han atacado el
hasta ahora aparente predominio social de las clases medias de muchos
países desarrollados. Estas si no se han visto atacadas si se ven
amenazadas o cuanto menos inseguras. La cacofonía mediática de las
redes sociales en internet no contribuye especialmente a darle
seguridad. Si bien la sociedad civil ha encontrado en internet nuevos
medios de articulación social, está también provocando una
pulverización de los tradicionales mecanismos socialización. Su
adaptación no está siendo fácil y provoca en las clases medias
desconcierto: las redes sociales se han convertido en una vía
extraordinaria de canalización del descontento social pero no así
en una fuente de certidumbres que doten a nuestra sociedad de
seguridad y estabilidad.
El fin del peligro comunista ha roto
la simbiosis capitalista-democrática de posguerra ya de por sí muy
erosionada por la globalización económica. El capitalismo no tiene
ningún tipo de incentivo para renunciar a sus beneficios
empresariales y financieros. Puede permitirse renunciar al apoyo de
la clases medias de las sociedades desarrolladas menos prósperas. La
sociedad de consumo está tan asentada que se mantiene a pesar del
empobrecimiento de parte de las clases medias provocadas por la
crisis. Además la especulación financiera le ha proporcionado una
fuente de beneficios que posee un fuerte valor coercitivo sobre las
economías desarrolladas más frágiles. La crisis del euro, cuyo
máximo exponente es Grecia, es solo un ejemplo dramático de como
los mercados pueden mediatizar el funcionamiento de la democracia de
países aparentemente estables políticamente.
Esto no es nuevo, el capitalismo ya
había liquidado democracias progresistas de países en vías de
desarrollo (Chile, 1973), y había puesto en serios aprietos la
economía y la estabilidad social de países desarrollados en el
pasado (crisis de los 70). Lo llamativo de este primer cuarto de
siglo XXI es un alcance que le dota de gran dramatismo y cierto grado
de impunidad. Como ha puesto en evidencia tanto la crisis económica
actual como la crisis ecológica los estados no tienen capacidad, ni
siquiera los más desarrollados y prósperos, para imponer a los
sectores financieros y empresariales medidas que repercutan en
beneficio de los ciudadanos que constituyen, supuestamente, la fuente
de su soberanía.
Se me dirá que la democracia no
legitima el suicidio económico y político. La sociedad democrática
no puede convertir a sus ciudadanos en lemings que se arrojan al mar
en una “hecatombe” comunitaria. Venezuela, Grecia, México,
Marbella... son ejemplos que se esgrimen para defender estos
argumentos procapitalistas. Aunque son ejemplos criticables y
detestables sin embargo a nivel mundial no pasan de meras coartadas
que justifican que el hacha de especulación financiera recorte los
derechos políticos de los ciudadanos capacitados según ley para
elegir a sus gobernantes. Estos quedan “condenados” a traicionar
sus programas electorales. Terminan así erosionando su credibilidad
política y la estabilidad de sus formaciones políticas. Los
ciudadanos ven con irritación como los gobernantes ayudan con gran
prodigalidad a la banca y desatienden a los desahuciados. En esta
situación debemos preguntarnos ¿cuál es el futuro de la democracia
occidental? ¿podremos generar un modelo de democracia participativa
que recoja de forma rigurosamente la soberanía del pueblo?
Creo sinceramente que la democracia
que deberá regir en el siglo XXI no puede ser la de la segunda mitad
del siglo XX. Continuar ese modelo conlleva incertidumbres y
contradicciones insalvables. Es cierto que el modelo del siglo
anterior puede mantener su recorrido un cierto tiempo, en algunos
países excepcionales como EEUU puede sobrevivir a largo plazo con
ligeros retoques, pero será un recorrido renqueante de transición
que tarde o temprano tiene que llegar a una situación de síntesis
con sus contradicciones estructurales y coyunturales. El principal
sostén del modelo democrático de posguerra, las clases medias, han
perdido gran parte de la confianza que tenía en sí mismas. Su
protagonismo futuro tanto cultural, político como social ha quedado
reducido más a una esperanza que a una especulación plausible.
Además sus retoños más comprometidos demandan una democracia real
y rechazan la partitocracia que gobernaba en tiempos de sus padres.
Están acostumbrados a exponer su opiniones en las redes sociales y
no aceptan los letárgicos rituales políticos del pasado. Frente a
ello el capitalismo se ha desnacionalizado, lo que la ha convertido
en una fuerza mucho más incontrolable con nula empatía hacia las
necesidades sociales y políticas de los distintos países. Así,
cuando no emigran a paraísos fiscales las empresas están
controladas por fondos de inversión cuya filiación es totalmente
desconocida. El gran capital entra tan fácilmente como sale y se
resiste a contribuir a la política social de ningún país. Solo las
clases medias cargan con esa tarea y ello las desconcierta y les
arrebata la esperanza. La decadencia y ruina el Imperio Romano ya
presenció una situación equivalente cuando las grandes fortunas
abandonaron las urbes y se refugiaron en las villas dejando que las
raquíticas clases medias de aquella época cargasen con el estado.
Frente a ello se demanda un nuevo modelo democrático. El problema es encontrar un modelo viable, el cual como
ya hemos visto a lo largo de esta entrada es una labor harto difícil.
En España se habla de "democracia rea"l. Todo el mundo la quiere e
incluso tiene una visión difusa de lo que debería ser: fin de una
partitocracia que ampara, cuando no es el origen, la corrupción
social y política y actúa según los dictados los lobbies
económicos más variados; todo ello fomentando una mayor
participación de la ciudadanía a través de los ultimísimos medios
de comunicación social donde todo cuenta y todo se sabe segundo a
segundo; y domesticación del poder financiero por parte de un estado
justo al servicio del ciudadano.
A esta visión le falta un proyecto
claro y delimitado (no para delimitar su alcance social y económico).
Un proyecto básico entendible y asumible por la sociedad en su
conjunto. Dejando de lado un sector de las clases medias que se
conservadurizan, rozando planteamientos fascistoides, por temor
seguir el camino del empobrecimiento en el que han caído sus capas
más bajas, la mayor parte de la población consciente políticamente
(dejando de lado a las clases nacidas en el seno de los poderes
económicos) se orienta hacia un democracia de tipo social. Si no
estuviera cogida la etiqueta se podría hablar de “socialdemocracia”.
Una democracia surgida de la sociedad y que funcionara para la
sociedad en su conjunto. Un modelo político libre de interferencias
que limite los abusos de los poderes económicos reduciendo al mínimo
minimorum el uso de la coerción social y económica. Una democracia
social en la que se recogerían los objetivos y medios defendidos por
la “democracia real” pero sin olvidar que el suicidio económico
conduce al suicidio político y social. Siguiendo un poco el ejemplo
de los cartistas ingleses decimonónicos planteo los siguientes
puntos que deberán impulsar dicha democracia real y social:
- Listas electorales abiertas elegidas mediante primarias con entrada y salida de independientes.
- Fin riguroso de la disciplina de voto en todas las instituciones de gobierno.
- Profesionalización apolítica de los órganos judiciales y de supervisión económica. Sin olvidarnos de cualquier empresa de carácter público. Debiendo ser la justicia muy rigurosa cuando se detecten irregularidades. Ello será extensible a los directivos de aquellas empresas rescatadas o nacionalizadas.
- Establecimiento de un riguroso código sancionable jurídicamente para evitar la interferencia en las instituciones de gobierno de lobbies económicos.
- Transparencia absoluta de la clase política e institucional sin limitaciones. El servicio público conlleva obligaciones entre las que deberá estar la renuncia temporal a determinados (sin llegar a la tabla rasa) derechos privados.
- Flexibización y ampliación de los mecanismos para la recepción y tramitación por parte del poder legislativo, cualquiera que sea su nivel territorial, de iniciativas populares. Los órganos legislativos deberán publicitar públicamente su postura con respecto a las mismas.
- Articulación de una política social prioritaria que al tiempo limite la actuación (manipulación) de los poderes económicos en la sociedad sin que ello ataque la actividad económica y derive hacia el suicidio. Dicha praxis política se tendría que recoger en los textos constitucionales para garantizar su cumplimiento por todas las fuerzas políticas. Se podría alegar en contra de lo anteriormente señalado su aplicación podría entrañar una desviación, una “dictadura de la mayoría”. No temo que condujese a un mundo de gulags y campos de exterminio, por lo menos en los países desarrollados. Nuestro modelo social, sin negar que está totalmente manipulado por las élites socioeconómicas nacionales, tiene tan asimilada la libertad individual que difícilmente aceptaría su supeditación a un ente común superior. No por el momento aunque hay que ser riguroso, sin perder de vista los derechos reales con fundamento jurídico, no coartadas, de todos los individuos.
Sería un modelo en el que deberá
mantener, incluso jurídicamente, los elementos más básicos de la
democracia tocquevilliana: la aceptación de las decisiones de la
mayoría respetando los intereses de las minorías articulando una
sociedad civil cohesionada y una estructura territorial sin
suspicacias. Una sociedad civil libre, con sus intereses sociales y
económicos pero también dispuesta a sustentar el gobierno
democrático que la ampara.
Cuestión aparte sería la limitación
del poder de las “élites” económicas mundiales. Sí mundiales,
debemos ser realistas. Las crisis del euro y medioambiental nos están
demostrando que el capitalismo es ingobernable e inatacable desde un
solo país, lo que limitaría el alcance de la “democracia social”.
Ha demostrado tener una capacidad de metamorfosis y adaptación
sorprendente: desde las democracias occidentales al comunismo chino
pasando por pseudodemocracias como Rusia. Desgraciadamente, hay que
convivir con él al tiempo que se le cerca y se limita el alcance de
sus abusos. Este deberá ser un trabajo común en el que se aunen las
medidas paliativas sociales con una lucha enconada a nivel mundial
que impida que su internacionalización se convierta en impunidad.
Hay que obligar al capital, al gran capital, a responsabilizarse
socialmente. Por desgracia no puede ser una acción de un sólo país,
de una sola democracia, pues sería aplastado como una nuez, el tan
temido suicidio económico será en realidad un asesinato económico.
Deberá ser una labor conjunta de todos los países desarrollados que
deberá incluir a los subdesarrollados.
Es desconcertante e irritante que las
divisiones nacionales y estatales no hacen más que beneficiar al
capital globalizado. Cada país es una fortaleza a conquistar con el
riesgo de que el aislamiento conduce al aplastamiento y a la
destrucción: el caso griego es significativo. Sin embargo no debemos
olvidar que la economía mundial no deja de ser un castillo en el
aire en el que la caída de una pieza importante puede arrastrar a
otras. La pieza griega puede caer en total aislamiento pero las
piezas italiana, española o francesa pueden tener más repercusión.
No hay que perder la esperanza.
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