sábado, 22 de agosto de 2015

Hacia la democracia del siglo XXI


Podríamos empezar preguntándonos ¿qué es la democracia? Es una pregunta de respuesta difícil cuyo razonamiento excedería los límites de esta pequeña entrada en un humilde blog al que nadie interesa y mucho menos visita. Una vez que he escapando del problema con esta muestra de autoflagelación sí puedo dar una breve definición: la democracia es cuando el estado de un país, en todos sus niveles y aspectos de organización, recibe la soberanía del pueblo, actuando este último de forma pasiva o activa en los organismos e instituciones que lo componen y le dan forma. Si sencilla es su concepción en cambio es difícil su aplicación práctica. Desde el siglo XIX los teóricos liberales se emperraron en domesticar la “bestia” estableciendo limitaciones para evitar distorsiones radicales, como las experimentadas durante la Revolución Francesa, que desembocasen en una auténtica “dictadura popular”. El voto no podía ser un derecho sino una responsabilidad solo asumible por aquellos que desempeñaban a su vez responsabilidades sociales y económicas. Las quejas de Aristóteles sobre los peligros de la demagogia, degeneración del régimen democrático en la Antigüedad, no hacían más que alimentar los recelos liberales. Creían que los experimentos pasados, como las comunas medievales o la república romana (de los que obviaban las distorsiones y resistencias ejercidas por oligarquías y patriciados), tarde o temprano, en contextos de crisis profunda, degeneraban hacia la anarquía popular; lo que hacía preciso domesticarlos o simplemente sustituirlos por entramados autoritarios de fuerte raíz populista. En el primer cuarto del siglo XIX parecía que la democracia de corte antiguo no podría pasar de ser una forma de gobierno limitada a comunidades rurales pequeñas muy homogéneas social y económicamente con una fuerte capacidad de coacción comunitaria. La única excepción, Estados Unidos, despertaban el interés de los teóricos que localizaron en sus raíces elementos como la articulación de la sociedad civil, una fuerte tradición de autogobierno comunitario y una libertad de prensa sin límites políticos ni sociales.
         Quizás alguna de dichas comunidades de la bucólica Suiza le sirviesen de inspiración a Rousseau en sus teorías sobre el “contrato social”. Su creencia en un consenso social absoluto que integra la libertad de todos los individuos se ajusta a este modelo. El problema es que cuando se incrementa el número de personas y la heterogeneidad social la realidad escapa de la teoría. Esto conduce a un modelo de democracia liberal (que sigue el ejemplo norteamericano) repleta de miedos, de contrapesos y autolimitaciones (hay que huir de la dictadura de la mayoría) teorizada por Tocqueville y descrita cínicamente por Churchill como “el menos malo de los sistemas políticos”. Sería esta una democracia basada en una sociedad civil fuerte muy articulada territorial y socialmente que descansa en la relativa homogeneidad social creada por una “clase media” dominante cuantitativa y culturalmente. A pesar de ello las situaciones de crisis graves la hacen igualmente inestable y no frena los enfrentamientos salvo en excepciones donde la democracia está muy arraigada en la cultura política nacional: el caso de los países anglosajones es el más significativo.
          Este modelo triunfó tras la Segunda Guerra Mundial por muchos motivos. Primero por la falta de alternativas democráticas creíbles. El grado de respeto a las libertades de una “democracia popular” era ciertamente cuestionable. La soberanía popular basada en la coerción cuando no en la dictadura no resultaba aceptables a países con fuertes clases medias deseosas de conservar sus derechos, sobre todo los de propiedad. Quedó limitada como opción para sociedades fuertemente polarizadas donde unas mayoritarias clases populares concienciadas y al límite de la supervivencia primaban la igualdad social y económica por encima del respeto a una serie de derechos abstractos que para ellas nunca habían existido. Soy consciente que este exposición es tremendamente simplista: la asamblea constituyente rusa de 1918 no era mayoritariamente bolchevique. Por ello la coerción se convirtió en un modus operandi de estas democracias comunistas que pretendían dar el poder al pueblo pero sin el pueblo.
        El segundo motivo del triunfo de la democracia liberal fue su éxito económico basado en la sociedad de consumo. La homogeneidad social vertebrada alrededor de las clases medias en auge creó una sociedad de consumo muy beneficiosa para el capitalismo económico predominante. Aparentemente democracia liberal y capitalismo entraron en una situación simbiótica que estabilizó a ambas. Para impedir el avance del comunismo el capitalismo recortaba sus beneficios empresariales lo que repercutiría en un aumento de la capacidad de consumo de las clases obreras garantizando así la mesocratización social. La cultura consumista pronto reveló que las renuncias capitalistas no eran tales.
          Hoy en día la situación ha cambiado radicalmente. Varios elementos han puesto en peligro los cimientos de las democracias liberales. La caída del peligro comunista y la globalización económica y productiva han atacado el hasta ahora aparente predominio social de las clases medias de muchos países desarrollados. Estas si no se han visto atacadas si se ven amenazadas o cuanto menos inseguras. La cacofonía mediática de las redes sociales en internet no contribuye especialmente a darle seguridad. Si bien la sociedad civil ha encontrado en internet nuevos medios de articulación social, está también provocando una pulverización de los tradicionales mecanismos socialización. Su adaptación no está siendo fácil y provoca en las clases medias desconcierto: las redes sociales se han convertido en una vía extraordinaria de canalización del descontento social pero no así en una fuente de certidumbres que doten a nuestra sociedad de seguridad y estabilidad.
        El fin del peligro comunista ha roto la simbiosis capitalista-democrática de posguerra ya de por sí muy erosionada por la globalización económica. El capitalismo no tiene ningún tipo de incentivo para renunciar a sus beneficios empresariales y financieros. Puede permitirse renunciar al apoyo de la clases medias de las sociedades desarrolladas menos prósperas. La sociedad de consumo está tan asentada que se mantiene a pesar del empobrecimiento de parte de las clases medias provocadas por la crisis. Además la especulación financiera le ha proporcionado una fuente de beneficios que posee un fuerte valor coercitivo sobre las economías desarrolladas más frágiles. La crisis del euro, cuyo máximo exponente es Grecia, es solo un ejemplo dramático de como los mercados pueden mediatizar el funcionamiento de la democracia de países aparentemente estables políticamente.
        Esto no es nuevo, el capitalismo ya había liquidado democracias progresistas de países en vías de desarrollo (Chile, 1973), y había puesto en serios aprietos la economía y la estabilidad social de países desarrollados en el pasado (crisis de los 70). Lo llamativo de este primer cuarto de siglo XXI es un alcance que le dota de gran dramatismo y cierto grado de impunidad. Como ha puesto en evidencia tanto la crisis económica actual como la crisis ecológica los estados no tienen capacidad, ni siquiera los más desarrollados y prósperos, para imponer a los sectores financieros y empresariales medidas que repercutan en beneficio de los ciudadanos que constituyen, supuestamente, la fuente de su soberanía.
        Se me dirá que la democracia no legitima el suicidio económico y político. La sociedad democrática no puede convertir a sus ciudadanos en lemings que se arrojan al mar en una “hecatombe” comunitaria. Venezuela, Grecia, México, Marbella... son ejemplos que se esgrimen para defender estos argumentos procapitalistas. Aunque son ejemplos criticables y detestables sin embargo a nivel mundial no pasan de meras coartadas que justifican que el hacha de especulación financiera recorte los derechos políticos de los ciudadanos capacitados según ley para elegir a sus gobernantes. Estos quedan “condenados” a traicionar sus programas electorales. Terminan así erosionando su credibilidad política y la estabilidad de sus formaciones políticas. Los ciudadanos ven con irritación como los gobernantes ayudan con gran prodigalidad a la banca y desatienden a los desahuciados. En esta situación debemos preguntarnos ¿cuál es el futuro de la democracia occidental? ¿podremos generar un modelo de democracia participativa que recoja de forma rigurosamente la soberanía del pueblo?
        Creo sinceramente que la democracia que deberá regir en el siglo XXI no puede ser la de la segunda mitad del siglo XX. Continuar ese modelo conlleva incertidumbres y contradicciones insalvables. Es cierto que el modelo del siglo anterior puede mantener su recorrido un cierto tiempo, en algunos países excepcionales como EEUU puede sobrevivir a largo plazo con ligeros retoques, pero será un recorrido renqueante de transición que tarde o temprano tiene que llegar a una situación de síntesis con sus contradicciones estructurales y coyunturales. El principal sostén del modelo democrático de posguerra, las clases medias, han perdido gran parte de la confianza que tenía en sí mismas. Su protagonismo futuro tanto cultural, político como social ha quedado reducido más a una esperanza que a una especulación plausible. Además sus retoños más comprometidos demandan una democracia real y rechazan la partitocracia que gobernaba en tiempos de sus padres. Están acostumbrados a exponer su opiniones en las redes sociales y no aceptan los letárgicos rituales políticos del pasado. Frente a ello el capitalismo se ha desnacionalizado, lo que la ha convertido en una fuerza mucho más incontrolable con nula empatía hacia las necesidades sociales y políticas de los distintos países. Así, cuando no emigran a paraísos fiscales las empresas están controladas por fondos de inversión cuya filiación es totalmente desconocida. El gran capital entra tan fácilmente como sale y se resiste a contribuir a la política social de ningún país. Solo las clases medias cargan con esa tarea y ello las desconcierta y les arrebata la esperanza. La decadencia y ruina el Imperio Romano ya presenció una situación equivalente cuando las grandes fortunas abandonaron las urbes y se refugiaron en las villas dejando que las raquíticas clases medias de aquella época cargasen con el estado.
        Frente a ello se demanda un nuevo modelo democrático. El problema es encontrar un modelo viable, el cual como ya hemos visto a lo largo de esta entrada es una labor harto difícil. En España se habla de "democracia rea"l. Todo el mundo la quiere e incluso tiene una visión difusa de lo que debería ser: fin de una partitocracia que ampara, cuando no es el origen, la corrupción social y política y actúa según los dictados los lobbies económicos más variados; todo ello fomentando una mayor participación de la ciudadanía a través de los ultimísimos medios de comunicación social donde todo cuenta y todo se sabe segundo a segundo; y domesticación del poder financiero por parte de un estado justo al servicio del ciudadano.
       A esta visión le falta un proyecto claro y delimitado (no para delimitar su alcance social y económico). Un proyecto básico entendible y asumible por la sociedad en su conjunto. Dejando de lado un sector de las clases medias que se conservadurizan, rozando planteamientos fascistoides, por temor seguir el camino del empobrecimiento en el que han caído sus capas más bajas, la mayor parte de la población consciente políticamente (dejando de lado a las clases nacidas en el seno de los poderes económicos) se orienta hacia un democracia de tipo social. Si no estuviera cogida la etiqueta se podría hablar de “socialdemocracia”. Una democracia surgida de la sociedad y que funcionara para la sociedad en su conjunto. Un modelo político libre de interferencias que limite los abusos de los poderes económicos reduciendo al mínimo minimorum el uso de la coerción social y económica. Una democracia social en la que se recogerían los objetivos y medios defendidos por la “democracia real” pero sin olvidar que el suicidio económico conduce al suicidio político y social. Siguiendo un poco el ejemplo de los cartistas ingleses decimonónicos planteo los siguientes puntos que deberán impulsar dicha democracia real y social:
  • Listas electorales abiertas elegidas mediante primarias con entrada y salida de independientes.
  • Fin riguroso de la disciplina de voto en todas las instituciones de gobierno.
  • Profesionalización apolítica de los órganos judiciales y de supervisión económica. Sin olvidarnos de cualquier empresa de carácter público. Debiendo ser la justicia muy rigurosa cuando se detecten irregularidades. Ello será extensible a los directivos de aquellas empresas rescatadas o nacionalizadas.
  • Establecimiento de un riguroso código sancionable jurídicamente para evitar la interferencia en las instituciones de gobierno de lobbies económicos.
  • Transparencia absoluta de la clase política e institucional sin limitaciones. El servicio público conlleva obligaciones entre las que deberá estar la renuncia temporal a determinados (sin llegar a la tabla rasa) derechos privados.
  • Flexibización y ampliación de los mecanismos para la recepción y tramitación por parte del poder legislativo, cualquiera que sea su nivel territorial, de iniciativas populares. Los órganos legislativos deberán publicitar públicamente su postura con respecto a las mismas.
  • Articulación de una política social prioritaria que al tiempo limite la actuación (manipulación) de los poderes económicos en la sociedad sin que ello ataque la actividad económica y derive hacia el suicidio. Dicha praxis política se tendría que recoger en los textos constitucionales para garantizar su cumplimiento por todas las fuerzas políticas. Se podría alegar en contra de lo anteriormente señalado su aplicación podría entrañar una desviación, una “dictadura de la mayoría”. No temo que condujese a un mundo de gulags y campos de exterminio, por lo menos en los países desarrollados. Nuestro modelo social, sin negar que está totalmente manipulado por las élites socioeconómicas nacionales, tiene tan asimilada la libertad individual que difícilmente aceptaría su supeditación a un ente común superior. No por el momento aunque hay que ser riguroso, sin perder de vista los derechos reales con fundamento jurídico, no coartadas, de todos los individuos.
       Sería un modelo en el que deberá mantener, incluso jurídicamente, los elementos más básicos de la democracia tocquevilliana: la aceptación de las decisiones de la mayoría respetando los intereses de las minorías articulando una sociedad civil cohesionada y una estructura territorial sin suspicacias. Una sociedad civil libre, con sus intereses sociales y económicos pero también dispuesta a sustentar el gobierno democrático que la ampara.
       Cuestión aparte sería la limitación del poder de las “élites” económicas mundiales. Sí mundiales, debemos ser realistas. Las crisis del euro y medioambiental nos están demostrando que el capitalismo es ingobernable e inatacable desde un solo país, lo que limitaría el alcance de la “democracia social”. Ha demostrado tener una capacidad de metamorfosis y adaptación sorprendente: desde las democracias occidentales al comunismo chino pasando por pseudodemocracias como Rusia. Desgraciadamente, hay que convivir con él al tiempo que se le cerca y se limita el alcance de sus abusos. Este deberá ser un trabajo común en el que se aunen las medidas paliativas sociales con una lucha enconada a nivel mundial que impida que su internacionalización se convierta en impunidad. Hay que obligar al capital, al gran capital, a responsabilizarse socialmente. Por desgracia no puede ser una acción de un sólo país, de una sola democracia, pues sería aplastado como una nuez, el tan temido suicidio económico será en realidad un asesinato económico. Deberá ser una labor conjunta de todos los países desarrollados que deberá incluir a los subdesarrollados.
      Es desconcertante e irritante que las divisiones nacionales y estatales no hacen más que beneficiar al capital globalizado. Cada país es una fortaleza a conquistar con el riesgo de que el aislamiento conduce al aplastamiento y a la destrucción: el caso griego es significativo. Sin embargo no debemos olvidar que la economía mundial no deja de ser un castillo en el aire en el que la caída de una pieza importante puede arrastrar a otras. La pieza griega puede caer en total aislamiento pero las piezas italiana, española o francesa pueden tener más repercusión. No hay que perder la esperanza.

lunes, 15 de diciembre de 2014

"Podemos" y el síndrome del PCI

¿Permitirá el capitalismo nacional e internacional un proyecto alternativo de izquierdas en el seno de la Unión Europea?
¿Podrá superar Podemos el techo de cristal que se construirá para evitar que su previsible éxito electoral se convierta en alternativa de gobierno?
¿Se convertirá Podemos en una secuela española del frustrado éxito del PCI de posguerra?

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"Logo P.C.I" di Bruce The Deus - [1]. Tramite Wikipedia.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

"Podemos" y las contradicciones del puritanismo político

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«Logotipo Podemos» por Andreuvv - Trabajo propio. Disponible bajo la licencia Public domain vía Wikimedia Commons.
Confieso que aunque me considero izquierdista no he leído todavía el programa de "Podemos". Bueno..., no he leído las ideas y propuestas que sus dirigentes han ido lanzando hasta el momento a la opinión pública.
"Podemos" me llama la atención por varias razones. La primera es obvia, como izquierdista no puedo dejar de observar con curiosidad y esperanza cualquier formación política que airee ideas de mi lado del arco político. Segundo, la guerra mediática que se ha organizado alrededor de dicha formación y sus dirigentes no puede dejar a nadie indiferente. Lo que se inició como un debate entre tertulianos televisivos ha degenerado en una especie de guerra de religión por ambas partes. Rememora luchas aparentemente acabadas con la caída del comunismo. Finalmente, es sugerente y adictivo el lenguaje fuertemente maniqueo de sus dirigentes.
Es en este último donde me voy a centrar. No en el carácter puntero, para algunos demagógico, de su discurso; algo muy criticado por la prensa derechista más carca y por los izquierdistas más inmovilistas y desconfiados (incluidos los de la "casta"). Es en las implicaciones de su discurso frentista en lo que voy concentrar mi atención.
Cualquiera que escucha a Pablo Iglesias Turrión, no al añorado "Abuelo", y sus compañeros de proyecto cae en la cuenta del planteamiento fuertemente dialéctico que gobierna sus palabras. Frente a la corrupción de la "casta" política y económica tenemos su nuevo proyecto libre de los defectos del viejo mundo. Frente a la corrupción generalizada se exalta una especie de pureza ética y moral que deberá ser quien limpie este país de una vez por todas. Son a la política lo que los puritanos ingleses eran a la religión y las costumbres en el siglo XVII. El problema es que, al igual que les ocurrió a sus antecesores, su puritanismo corre el riesgo de chocar con la realidad.
El discurso de "Podemos" descansa en el poderío de unas palabras radicalmente críticas con la "vieja política". Frente a ella enarbola una nueva moral política llamada a regenerar España barriendo de una vez todos los males de ese Franquismo residual que sobrevivió con la Transición. Este discurso tan dualista y tan demonizador del contrario (la casta se lo han ganado a pulso, ya lo creo) solo es creible si el que lo realiza se situa en el polo opuesto. Frente a la degradación y decadencia está la pureza y la honradez del nuevo partido y sus componentes. Su puritanismo político no creo que sea casual, Iglesias y sus amigos han demostrado ser auténticos artistas del marketing político. Frente a la podredumbre solo cabe la higiene y así tiene que ser percibido por una sociedad harta de corruptelas y saqueos. El problema es que los discursos radicales manifiestan sus contradicciones antes que los demás. El puritanismo atemporal tampoco fue una excepción a esa regla.
En el punto de partida de las contradicciones puritanas está su afán de criticar la decadencia ajena exaltando su propia pureza y rectitud. Solo así se consigue la coherencia necesaria en la situación actual. Difícilmente sería creíble de otra manera. El problema radica en que, aunque nos duela, dicho perfeccionismo, aún asumido con fuerza y pasión, nunca podrá ser completamente real. De ahí que el término puritano haya acabado teniendo para muchos una acepción totalmente peyorativa: hipócrita. Desgraciadamente la más mínima mácula estropeará la blancura inmaculada del paño. Es cierto que nunca se alcanzará la negrura y la corrupción del contrincante, lo han puesto muy difícil, pero... ¿la gente quiere nuevos experimentos con viejos resultados, aunque sean mínimos? Además los individuos, incluidos los más heterodoxos, en la asunción de sus ideas y valores interiorizan, sinceramente o cínicamente según los casos, la totalidad de su discurso rechazando cualquier contradicción que lo ponga en peligro. Sólo así se entiende la irritación de Iglesias cuando la prensa de derechas, tras rebuscar afanosamente, ha aireado algunas situaciones "dudosas" de su entorno personal y político.
Otra contradicción del puritanismo de "Podemos" es el alcance último de su crítica. Su discurso va dirigido a los desfavorecidos, a las víctimas de la casta... La crítica se reserva, por tanto, a esa casta corrupta, traidora y decadente que es la culpable de los desafueros del capitalismo de amiguetes que campa en este país. ¿Bastará con barrer a la casta económica y social para alcanzar la regeneración social de España? ¡Cómo si una porción considerable de la sociedad española no hubiese sido nunca corrupta y egoísta! Como los puritanos calvinistas del mil setecientos se arriesgan, cuando pasen los malos vientos, a quedar aislados en una sociedad real, madre de la casta política, donde desgraciadamente las miserias conviven con los ideales y las utopías. Cuando esta situación se presente ¿tendrá Podemos más salidas aparte de la demagogia y el monolitismo bolchevique?
Hasta ahora he visto a los partidarios de "Podemos" utilizar un discurso que defiende una higiene estricta de nuestra sociedad y política. Discurso continuador de las ideas regeneradoras de los grandes líderes revolucionarios europeos: Cromwell, Robespierre o Lenin. No es de extrañar que a algunos les asuste tanto poderío verbal, hasta el punto que empiezan a desconfiar del otrora ensalzado régimen democrático. Porque para su disgusto hasta ahora nada se sale de dicho marco legal. ¿Cuál será el papel histórico de Podemos en el futuro? Recordemos a los revolucionarios puritanos ingleses y sus homólogos jacobinos. Fueron buenos líderes y también buenos gobernantes pero al final, cumplida su función higiénica, la sociedad los apartó como un trapo usado. Fueron una paréntesis crucial al que el tiempo terminó poniendo en evidencia sus contradicciones y la rigidez de su discurso religioso, político y social. No seamos pesimistas, quizás el destino de "Podemos" no se limite a realizar un papel decisivo aunque transitorio en la historia de este país. Y aunque así fuera en momentos fugaces se han creado universos enteros.

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«ElectionMonthlyAverageGraphSpain2015» por Impru20 - Trabajo propio. Disponible bajo la licencia CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons.

jueves, 10 de abril de 2014

El fracaso de la Segunda República (parte 1ª)

A pesar de los ríos de tinta sobre ella sólo hay un hecho objetivo, por doloroso que resulte, y es que la Segunda República constituyó un fracaso. Sí, fue un fracasó. No sobrevivió y, ya sea como régimen político ya sea como proyecto político-social-econónomico, desapareció. En estricto sentido ella no fracasó, su desenlace constituyó un fracaso pero no fracasó. Si alguién fracasó no fue la institución sino sus valedores e impulsores. No fueron capaces de garantizar su supervivencia ejecutando con éxito su proyecto a pesar de los obstáculos que aparecieron en su camino.
En la presente entrada voy a realizar un análisis de dicho fracaso. Si alguien está esperando conclusiones deterministas que consideren dicho fracaso como algo inevitable, que se desengañe ya mismo. Nuestro experiencia republicana del siglo XX podía haber tenido éxito. Es verdad que algunas de las circunstancias que la rodearon escaparon a su control, como la polarización ideológica del periodo de entreguerras o la depresión de los años treinta, pero también es cierto que otras podían haber ido por otros derroteros si los políticos republicanos y sus grupos afines hubiesen, por ejemplo, manejado los tiempos de forma distinta. No pretendo realizar un planteamiento "contrafactual". No creo en ese método de investigación: fijar una alternativa histórica objetiva es prácticamente imposible sin entrar en monocausalidades y en planteamientos partidistas; además, medir su éxito es prácticamente imposible.

Las Segunda República: un acercamiento al régimen político y su proyecto.
¿Qué fue la Segunda República? ¿Qué representó para sus contemporáneos?
Debemos iniciar nuestro análisis rechazando todo tipo de extrapolación y proyección de nuestro presente sobre el pasado republicano. Ello sólo puede llevarnos al partidismo y a la  manipulación histórica.
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua (edición de 2014) la palabra república tiene las siguientes acepciones:
  1. "Organización del Estado cuya máxima autoridad es elegida por los ciudadanos o por el Parlamento para un período determinado".
  2. "En algunos países, régimen no monárquico."
  3. "Estado que posee este tipo de organización o de denominación."
  4. "Cuerpo político de una sociedad."
  5. "Causa pública, el común o su utilidad."
  6. "Irón. Lugar donde reina el desorden."
De partida nos olvidaremos de las acepciones 4 y 5 pues considero que salen fuera de lo que estamos tratando en esta entrada.  Las acepciones 1, 2 y 3 muestran que la palabra una república no es más que un tipo de régimen político con unas características muy determinadas . Mientras que la segunda hace hincapié en la misma como una alternativa a la "Monarquía" en la primera se hace hincapié en el carácter electivo del jefe del Estado. En España por contraposición a la monarquía constitucional oligárquica del periodo isabelino, de la  Restauración y del periodo alfonsino el carácter electivo de la Jefatura del Estado se hizo extensivo a un supuesto carácter democrático del sistema republicano. Sabemos que dicho carácter democrático no es un necesidad histórica pues muchos son los ejemplos que lo desmienten: la  Primera República en su segundo año de existencia (1874); dictaduras derechistas envueltas en regímenes políticos republicanos (Argentina, Chile....); regímenes comunistas (repúblicas democráticas)... La tercera acepción hace referencia a la conjunción de la 1 y 2 como base del régimen político que recibe dicha denominación.
Como ya he comentado el régimen político republicano se convirtió en una alternativa política democrática que atrajo a todos aquellos grupos políticos ajenos a la alternancia restauracionista y a todos aquellos que constataron con frustración la incapacidad del anterior para evolucionar hacia una democracia real tanto de carácter político como social (en este sentido no había mucha diferencia con muchos de los revolucionarios europeos de 1848). Igualmente los postulados regeneracionistas vieron en ella, de forma mayoritaria, el medio para la modernización integral de España tras el fracaso de las tentativas monárquicas en este sentido (incluida la Dictadura de Primo de Rivera).
El fracaso de los dos experimentos republicanos españoles, con fuertes desórdenes durante su existencia (guerras coloniales, carlista y cantonalista para la Primera y Guerra Civil para la Segunda) nos conducen a la sexta acepción de nuestro diccionario. Indudablemente, su origen se encuentra en los detractores del sistema republicano que la ven como una fuente de anarquía y caos.
¿Cuáles fueron las líneas de actuación del proyecto de la Segunda República? La respuesta es breve y sencilla: la superación de la política, sociedad y economía del régimen monárquico alfonsino y calmar las fuertes tensiones de la España del primer tercio del siglo XX. Para ello se debería llevar a cabo una modernización integral del país que lo metiesen definitivamente en la Edad Contemporánea. Concretarlo ya fue más difícil aunque lo vamos a intentar partiendo de las medidas tomadas durante el primero periodo republicano:
  • Democraticación real de la política española. Ello se conseguiría parcialmente con la Ley Electoral del 25 de abril de 1931 en la que buscó la desaparición del sistema caciquil. Aún así su éxito fue solo parcial pues todavía en numerosas regiones españolas pervivieron los mecanismos de dominación social y económica que había constituido su sustento.
  • La laización del estado y la sociedad española, sobre todo la completa separación de la Iglesia con el Estado. Su plasmación la tenemos en las medidas tomadas para la secularización de cementerios (decreto de 30 de enero de 1932) y hospitales; la laización de la enseñanza (decreto de 5 de mayo de 1931), la vida social y la legislación familiar (ley de divorcio de 2 de febrero de 1932), la proclamación de la libertad de cultos (15 de abril de 1931)... Su sustento constitucional fue el artículo 26 de la Constitución de 1931. Con él llegarían también alguno de los viejos anhelos del liberalismo hispano más progresista: disolución de los jesuitas (23 de enero de 1932) y al Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas (25 de mayo de 1933)
  • La descentralización de la administración territorial.  Mucho se ha debatido del alcance de las aspiraciones descentralizadoras de los grupos políticos que sustentaban a la Segunda República. Parece que estas eran inicialmente limitadas (el Estado integral), buscando calmar las aspiraciones catalanas en este sentido (aprobación del estatuto el 2 de septiembre de 1932) manteniendo la coesistencia entre la descentralización localizada en Cataluña, País Vasco y Galicia y la centralización del resto del territorio nacional.
  • Garantizar una legislación social y laboral de corte progresista. Como ya se sabía la democratización no podía ser completa ni real sin una política que garantizase los derechos sociales y laborales a la clases más desfavorecidas. Ello se vio reforzado por el apoyo prestado por organizaciones políticas obreras (PSOE) al cambio de régimen que buscaban no sólo una gestión social y laboral más justa sino también despertar la conciencia de clase de dichos colectivos. Partiendo de ello se llevó a cabo una regulación de las relaciones laborales, incluyendo el mundo agrario: Ley de Contratos de Trabajo de 21/11/1931; Ley de Jurados Mixtos de 27/11/1931; Decreto de Términos Municipales de 20/04/1931... En ellas también se establecían medidas tanto para mejorar las condiciones laborales de los asalariados (jornada de 8 horas o vacaciones pagadas) como para legalizar el derecho a la huelga.
  • La reestructuración de la propiedad agraria. En la misma línea que el punto anterior los republicanos y sus grupos afines defendieron una restructuración de la propiedad agraria o por lo menos del usufruto del suelo de cultivo. Iba más allá de un deseo de redistribución de la propiedad, buscaba enmendar los resultados de una revolución liberal nefasta para los grupos sociales más pobres del campo. Las posibles consecuencias de la revisión del derecho de propiedad, en este caso de bienes raíces, serían una fuente de división que darían al traste con la principal actuación en este sentido: la Ley de Reforma Agraria (9 de septiembre de 1932). Sin embargo no fue la única acción legislativa de calado en este sentido: Ley de Deshaucios (29/04/1931), Decreto de Laboreo Forzoso (7/5/1931) y Decreto de Asociaciones de Obreros Agrícolas (7/5/1931).
  • La desmilitarización de la vida política española. El liberalismo español fue "liberalismo de espadones" (Raymond Carr) debido al raquitismo de sus apoyos sociales y económicos. Los militares habían ejercido una fuerte tutela sobre los distintos regímenes liberales entre 1836 y 1931 en uno o en otro sentido. Sin desmerecer del deseo de modernizar unas fuerzas armadas ineficientes y corruptas el objetivo último era devolver de una vez por todas a los militares a sus cuarteles, de los que habían estado saliendo continuamente desde 1814. Había que republicanizar al ejército.
La supervivencia de la República, con lo que ello suponía, y la pervivencia de su proyecto serán el mejor indicador de su éxito o fracaso. Lo cierto es que el régimen republicano democrático había desaparecido para el 1 de abril de 1939 y las medidas que lo encarnaron habían sido removidas en los años siguientes. El fracaso había sido total. Sin embargo debemos dejar claro que este fracaso fue únicamente de resultados inmediatos, no lo fue ni intenciones ni de visión de futuro. La mejor muestra es que nuestra sociedad ha recogido lo esencial de dicho proyecto y lo tiene normalizado e interiorizado. Algunas cuestiones como la reforma agraria han perdido vigencia y urgencia debido al éxodo rural. Aunque algunas otras quedan pendientes de debate, como el régimen monárquico, han perdido gran parte de su significado democratizador. El éxito del proyecto republicano de los años treinta se alcanzó ya sin la República.
Habría entonces que preguntarse ¿por qué la Segunda República constituyó un fracaso? Intentaremos aclararlos en próximas entradas.

martes, 1 de abril de 2014

El rigor metodológico en la defensa de la memoria histórica española del siglo XX

Las investigaciones historiográficas que defienden la recuperación de la memoria histórica española del siglo XX, fundamentalmente la Guerra Civil y el Franquismo, son cada vez más abundantes en la producción editorial y en los trabajo doctorales. No es posible negar de ninguna de las maneras la carga ideológica que tienen. Es por ello que la motivación de su lectura va más allá de la mera curiosidad y del interés bibliográfico. Sus defensores chocan duramente con unos detractores que se esconden detrás de la tradición tardofranquista de olvidar y pasar página. Los intentos de crear una producción niveladora que recuperara el victimismo legitimador franquista no son más que una sombra incapaces de competir con sus antecesores más clásicos: Joaquín Arrarás, Ricardo de la Cierva, la martirología española de los cuarenta y cincuenta o la "Causa General".
Parece pues que a las investigaciones que defienden la recuperación de la memoria histórica durante la Guerra Civil y el Franquismo tienen un prometedor futuro a corto y medio plazo. Sin embargo desde mi punto de vista aparecen algunos nubarrones en el horizonte que pueden ponerlo en peligro. Los arrivistas ajenos a la disciplina historiográfica (algo muy común, para nuestra desgracia) o con un conocimiento supérfluo de la misma, que ven en la recuperación de la memoria histórica un medio para alcanzar nuevos méritos y para engrosar su currículo político, se han unido a una moda cuya trascendencia va más allá de la investigación histórica. En esta línea he podido leer desde hace algunos años algunas tesis doctorales dirigidas por algunos historiadores-políticos.
Ello no debería ser un problema en sí mismo. Nos debería dar igual las aspiraciones personales del historiador. De la misma manera que a nadie parece preocuparle que una investigación histórica sirva de trampolín para la consecución de una cátedra universitaria, a nadie le debería alterar que su autor consiga cierto renombre en un partido político defensor a ultranza de la recuperación de la memoria histórica. Sin embargo a nadie se le escapa que esta comparación es extremadamente ingenua y bienintecionada (en otras palabras, tonta). Un aspirante a catedrático debe probar su valía investigadora ante unos colegas dispuestos a velar por la seriedad de la disciplina (sí, ya lo sé, en esto también peco de ingenuo). Por desgracia los compañeros de partido un aspirante a político no suelen ser tan rigurosos. Así se pueden detectar en algunas monografías sobre represión franquista durante la Guerra Civil y la posguerra algunos fallos graves que pueden en el medio plazo dar al traste con la recuperación de la memoria histórica de quienes las sufrieron. Errores terminológicos o abuso de fuentes historiográficas sin una crítica adecuada o sin buscarle fuentes complementarias que las apoyen suele ser de lo más común. El abuso de las fuentes orales no utilizadas adecuadamente, por ejemplo, no solo restará credibilidad a un trabajo concreto sino también a todo su campo investigación. Proporcionará gratuitamente argumentos a sus detractores. Y todo ello sin entrar en cuestiones más profundas del trabajo científico de un historiador: la elaboración de hipótesis y la comprobación rigurosa de las mismas. Concluyendo, que el fin no puede nunca justificar los medios, de lo contrario nos arriesgamos a ceder la iniciativa a aquellos que desean cortarla de raíz.
Es por ello que, sin buscar una profundización excesiva, hago las siguientes propuestas metodológicas a aquellos que se arriesguen a surcar la procelosas aguas de la investigación histórica en general y de la recuperación de la memoria histórica del siglo XX en particular:
  • Rigor en el uso de la terminología histórica. Trasladamos terminología actual propios de nuestra sociedad y política actual al pasado sin ningún empacho ni reparo. Debemos realizar una crítica seria y clara (conocida por el lector) para evitar extrapolaciones vergonzantes. En consonancia con tenemos que ser capaces de contestar coherentemente preguntas como estas: ¿Se puede aplicar a un anarquista combatiente en el frente de Aragón la etiqueta "defensor de la democracia"? ¿Qué etiquetas se aplicaría él a sí mismo y a su causa? ¿Nuestra concepción de la democracia sería igual que la suya si la tuviera? Si no tenemos cuidado nuestra investigación no guardará muchas diferencias con una tertulia televisiva o radiofónica.
  • Crítica rigurosa de las fuentes historiográficas, sobre todo de las fuentes orales. Estas, en concreto, precisan una crítica compleja y necesitan el apoyo de otras fuentes para que sean creíbles. Sin la contrastación adecuada de nuestras fuentes siempre pueden aparecer otras que a contradigan y que hundan las conclusiones en ellas fundamentadas.
  • Hay que intentar evitar una implicación excesiva y con ella las justificaciones de las acciones de unos para demostrar la malintencionalidad del otro. Comprender las causas no debe ser, bajo ningún concepto, justificar actos deplorables y condenables. Cualquier tufillo en ese sentido nos hará perder credibilidad científica de forma gratuita.
  • Hay que intentar evitar el regusto de los historiadores amateurs por la crónica vacía sin un fin explicativo. Recordar es necesario pero no tendrá ningún valor sin un fin explicativo y comprensivo que amplíe y complete nuestro conocimiento sobre el tema investigado. Además, cuando se busca comprender y explicar se es más riguroso metodológicamente que cuando nos limitamos a contar hechos aislados. Por ejemplo con las fuentes.
  • Finalmente, unido a lo anterior, es preciso trabajar con un plan de investigación fiable y riguroso. Sin temor de los resultados de la misma, sean cuales sean. Los resultados concretos adversos o sin el alcance esperado pueden llevarnos a sentir decepción por el tiempo perdido pero bajo ningún concepto tienen porque acabar con la causa de la recuperación de la memoria histórica española durante el siglo XX.
Supongo que alguno considerará que es una "perogrullada" lo que acabo de escribir. ¡Seguro! Sin embargo el deseo de algunas instituciones locales de colaborar con "la causa" y la proliferación de internet han dado demasiada cancha a unas producciones de baja calidad historiográfica. Si no lo denunciamos, caso a caso, corremos el riesgo de desvirtuar la recuperación de la memoria histórica durante el Franquismo y la Guerra Civil. Hay que denunciar casos concretos. Esta entrada, una "pica en Flandes", es sólo el comienzo. Creo que sin cuestionar sus fines deberíamos ir poniendo en evidencia las deficiencias de este tipo de investigaciones. En la historiografía los atajos nunca han llevado a ninguna parte.
Women pleading with Rebels for Lives of Prisioners, Constantina, Seville - Google Art Project
Mujeres suplicando a los soldados rebeldes por la vida de sus familiares prisioneros. Constantina (Sevilla), verano de 1936 (Fuente: es.wikipedia.org/wiki/Represi%C3%B3n_franquista).

lunes, 31 de marzo de 2014

La "Primavera árabe" y la "Primavera de los Pueblos"

Arab Spring map
     Caída del gobierno     Conflicto armado     Protestas / Cambios en el gobierno     Protestas mayores     Protestas menores     Protestas en países islámicos fuera del Mundo ÁrabeFuente: es.wikipedia.org/wiki/Primavera_%C3%A1rabe
Cuando en la primavera de 2011 el mundo árabe tuvo su nuevo despertar revolucionario los diseñadores de titulares mediáticos le asociaron con aquella otra "Primavera de los Pueblos" que en 1848 barrió Europa desde el Vístula a los Pirineos. Desconozco quién creó el término la "Primavera árabe" pero lo que es indudable es que en los meses posteriores al estallido tunecino un vendabal revolucionario barrió el mundo árabe desde el Tigris al Atlas. Un torbellino rico y complejo lleno de experiencias y circunstancias particulares de cada país afectado.
Las experiencias revolucionarias han sido tan diferentes y variadas como lo son las estructuras sociales y políticas que las alumbraron: Túnez, Egipto, Libia, Marruecos, Jordania, Siria o Bahrein han vivido procesos en algunos casos radicalmente distintos. Una sociedad abierta al exterior como la tunecina parece que lleva camino de alumbrar una constitución y un régimen político de corte democrático occidental. La relativa homogeneidad social, religiosa y étnica (o tribal) tunecina constituye un entorno favorable a dicho desenlace. Ello no se podría repetir en sociedades como la siria, en la que el régimen dictatorial baazista de fuerte estética laica y modernizadora ha demostrado no ser más que la fachada de una élite étnica y religiosa, la alauí, para garantizar su hegemonía, y también su supervivencia, en una sociedad fuertemente fragmentada. La alianza opositora no ha hecho más que estrellarse contra la resistencia alauí (con fuerte apoyo exterior y una fuerte experiencia en el control del aparato estatal), dispuesta a luchar desesperadamente por su supervivencia, y con ello ha puesto en evidencia su incapacidad para derrocarla. Sus rencillas y sus conflictos internos alejan su victoria de su horizonte a marchas forzadas. Si el régimen de Al-Asad no consiguiera destruir en un medio o largo plazo a las fuerzas opositoras será porque ni Estados Unidos ni las potencias europeas se resignarán a reconocer el fracaso de su apuesta siria frente a Rusia e Irán. Si el desenlace libio no fue el mismo fue debido a la incapacidad del régimen gadafista para rentabilizar su tradicional apoyo tribal y exterior frente a una oposición que empezaba a fragmentarse.
Otros países aparentemente no se han visto afectados o lo han sido de forma muy limitada. Caso interesante es el de Argelia ya vacunada tras el fracaso democratizador de los noventa y la ofensiva islamista de los GIA (grupos islámicos armados). Igualmente interesantes son los casos de Jordania y Marruecos en el que sus monarquías oligárquico-constitucionales, que mantienen todavía un fuerte respaldo popular, han tenido que transigir y ceder para poder sobrevivir, manteniendo una apariencia de status quo inalterado. Probablemente habrá sido necesaria una ampliación de sus apoyos sociales y económicos aunque sin abandonar su funcionamiento elitista y oligárquico.
Arabia Saudí y las monarquías petroleras del Golfo Pérsico mantienen superestructuras políticas arcaicas gracias a su riqueza energética inteligentemente socializada. Aún así la presión mesocrática probablemente habrá sido fuerte y habrá obligado a estos regímenes a mantener una doble política represiva y a emprender un limitadísimo aperturismo; el palo y la zanahoria.
Todos los ejemplos anteriormente citados mantienen cierto paralelismo con los hechos revolucionarios de 1848. Aunque es preciso salvar las distancias temporales, culturales y estructurales sin embargo es útil metodológicamente establecer dicho paralelismo sin caer en el peligro de las extrapolaciones. Su puesta en paralelo puede enriquecer nuestro conocimiento de ambos procesos revolucionarios. Es más, puede ayudarnos a predecir, como dirían los economistas "ceteris paribus", las tendencias de los acontecimientos futuros. El Túnez actual recuerda a la Bélgica decimonónica; Jordania y Marruecos renuevan la experiencia de la Prusia de los Hohenzollern; Siria y sus guerras civiles actualizan el hervidero étnico-religioso de la Monarquía Habsbúrguica; y Arabia Saudí mantiene cierto paralelismo con la Rusia zarista que si apoya las alteraciones del status quo es por apoyar a hermanos religiosos y consolidar su papel político militar en la región (muy del estilo de las intervenciones rusas en el Imperio Otomano). 
Caso aparte es el caso de Egipto. Guarda cierta identidad con la Francia de las "jornadas de febrero y junio". Como ella siempre ha ejercido un fuerte liderazgo sobre su entorno regional y su revolución se  ha convertido en la piedra del toque definitiva para el desarrollo de la "Primavera árabe". Su democratización fue el ejemplo a seguir y la superación futura de sus divisiones político-religiosas representaba una esperanza de estabilización social y política como meta del proceso revolucionario. Sin embargo como en la Francia de la Segunda República las clases medias, que se habían unido a las masas empobrecidas para romper las barreras establecidas por las oxidadas élites nasseristas, incapaces de aceptar las demandas sociales, políticas y religiosas de los Hermanos Musulmanes, apoyaron el golpe de Estado y la posterior represión (del 3 de julio al 14 de agosto de 2013). Un replay de las "jornadas del 23, 24, 25 y 26 de junio de 1848" en las que Cavaignac liquidó violentamente la agitación socialista frente al nuevo gobierno conservador. Al presentarse a las elecciones egipcias de mayo, Al-Sisi está retomando los pasos del viejo Luis Napoleón Bonaparte sin abandonar la senda señalado por Cavaignac.
Partiendo del análisis anterior podemos preguntarnos: ¿cuál será el desenlace de la "Primavera árabe"? ¿se mantendrá el paralelismo con la "Primavera de los Pueblos" también en este punto? Personalmente creo que sí, tanto a corto como a medio plazo. No olvidemos que a finales de 1849 las revoluciones europeas del año anterior habían fracasado estrepitosamente. Sin embargo el terremoto había sido tan demoledor que veinte años después se había reiniciado el proceso liberalizador en Europa, siendo progreso constitucional muy sustancioso. Creo sinceramente que esta será la senda seguida por el mundo árabe aunque en una sociedad tan acelerada como la nuestra los tiempos se abreviarán bastante. Sí, habrá finalmente un cambio. Cuando ocurra será más un compromiso y una concesión de unas élites desesperadas por ampliar sus bases sociales y políticas que por la acción revolucionaria y terrorista de las masas. Sólo el derrumbamiento del Estado puede cambiar estas expectativas: aunque en ese caso nos encontraríamos el ejemplo de las revoluciones rusas.

domingo, 10 de abril de 2011

Galbraith: la sabiduría de un viejo keynesiano que ya avisaba sobre la crisis financiera actual

   Recomiendo a todos los que quieran saber algo sobre la especulación financiera que lean el libro de John Kenneth Galbraith Breve Historia de la euforia financiera. Mi edición es de 1990 y fue publicada en Barcelona por la Editorial Ariel. El autor en apenas 140 páginas realiza, tras una interesante introducción de dos capítulos en la que se dibujan las líneas generales que subyacen bajo cualquier acontecimiento de especulación financiera, una brevísima historia de la euforia financiera en el capitalismo occidental desde el siglo XVII hasta los años 80 del siglo XX. En él podréis adquirir conceptos como "apalancamiento"
   El autor considera que las causas de las repeticiones clíclicas de cracs financieros ligados a la especulación se encuentran  en la mentalidad de aquellos que encarnan el capitalismo: son individuos (con ellos el sistema  y las instituciones públicas y privadas que encarnan) cortos de memoria que olvidan con facilidad los errores que se cometieron en el pasado; mitifican a los individuos que se enriquecen sin preguntarse si su fortuna proviene de la suerte o de la inteligencia, lo que les lleva a creer que cualquier acción emprendida por éstos tiene que enriquecer a cualquiera que siga su ejemplo; y por último la negativa a cuestionar el sistema que permite que se produzcan estas situaciones, por lo tanto no se establecen cortafuegos que impidan repeticiones catastróficas o se reforma en profundidad el sistema capitalista.
   A continuación os pongo algunas líneas que me parecen tremendamente interesantes y que pueden ser aplicadas tanto a las "subprimes" creadas e impulsadas por Wall Street como a la "burbuja inmobiliaria" impulsada y mantenidas por los bancos y cajas españoles con la complicidad de los distintos gobiernos.
  <<Hay otros dos factores que contribuyen a esa euforia y la sostienen, y que han sido escasamente valorados en nuestro tiempo o en época pasadas. El primero de dichos factores es la extrema fragilidad de la memoria en asuntos financieros. En consecuencia, el desastre se olvida rápidamente. Así pues, cuando vuelven a darse las mismas circunstancias u otras muy parecidas, a veces con pocos años de diferencia, aquéllas son saludadas por una nueva generación, a menudo plena de juventud y siempre con una enorme confianza en sí misma, como un descubrimiento innovador en el mundo financiero y, más ampliamente, en el económico. Debe haber pocos ámbitos de la actividad humana en los que la historia cuente tan poco como en el campo de las finanzas. La experiencia pasada, en la medida en que forma parte de la memoria de todos, es relegada a la condición de primitivo refugio para aquellos que carecen de la visión necesaria para apreciar las increíbles maravillas del presente.>>
   >>El segundo factor que contribuye a la euforia especuladora y al ineluctable colapso es la engañosa asociación de dinero e inteligencia. Mencionarla no es lo más adecuado para atraerse el aplauso de las personas respetables, pero por desgracia es menester aceptarla, pues esa aceptación resulta extremadamente útil y brinda una superior protección contra el desastre personal o empresarial.>>
   >>La situación básica es admirablemente clara. En toda actitud favorable a la libre empresa (otrora llamada capitalista) subyace una acusada tendencia a creer que cuanto más dinero, ingresos o bienes tiene un individuo o si está asociado a ellos, más profunda y más exigente es su percepción de los asuntos económicos y sociales, y más agudos y penetrantes sus procesos mentales. El dinero es la medida de toda realización capitalista. A más dinero, mayor es el logro y la inteligencia que lo apoya.>>
   >>Además, en un mundo en el que para muchos la adquisición de dinero resulta difícil, y las sumas a las que acceden son a todas luces insuficientes, la posesión de dinero en elevadas cantidades parece un milagro. Así pues, esa posesión debe asociarse a algún genio especial. Esta visión se ve reforzada por el aire de confianza en sí mismo y de autosatisfacción que acostumbra asumir la persona opulenta. En ningún caso queda tan ruda y abruptamente de manifiesto la inferioridad mental del lego como cuando le dicen: «Me temo que, sencillamente, usted no entiende de finanzas.» En realidad, semejante reverencialismo por la posesión de dinero indica una vez más la cortedad de la memoria, la ignorancia de la historia y la consecuente propensión, a la que acabo de referirme, a caer en el engaño tanto en la esfera personal como en la colectiva. Tener dinero puede significar, en el pasado y en el presente, que la persona se muestra neciamente insensible a los imperativos legales y, en los tiempos modernos, que acaso sea un potencial interno en una cárcel de mínima seguridad. O tal vez el dinero provenga de una herencia, y es notorio que la agudeza mental no se transmite de manera significativa del progenitor al vástago. En todas estas materias, un examen más cuidadoso del supuesto genio financiero, una interrogación rigurosa y detallada para probar su inteligencia, conduce a menudo, y tal vez en casi todos los casos, a una conclusión distinta. Desgraciadamente, el sujeto no suele prestarse a ese escrutinio. Por lo demás, fortuna y supuesta competencia en asuntos financieros acostumbran excluirse.>>
   >>Por último, y para más concretar, tendemos a asociar una inteligencia fuera de lo corriente con la dirección de las grandes instituciones financieras: bancos importantes, bancos de inversiones, seguros y agentes de bolsa. Cuanto mayor es el capital y más elevados los ingresos que se tienen, más profundo es el talento que se atribuye en materia financiera, económica y social.>>
   >>En la práctica, el individuo o individuos que se hallan al frente de aquellas instituciones a menudo están allí, como suele suceder en las grandes organizaciones, porque su talento luchador es el más predecible y, en consecuencia, el menos temible burocráticamente. Ésa o esas personas son, pues, investidas de la autoridad que estimula la aquiescencia de sus subordinados y el aplauso de sus acólitos, y que excluye la opinión adversa o la crítica. Así quedan admirablemente protegidas de lo que podría significar un compromiso serio que les condujera al error.>>
   >>Otro factor interviene en este punto. Aquellos que poseen dinero para prestarlo, por la fuerza de una arraigada costumbre, por tradición y, más en concreto, por las necesidades y deseos de los prestatarios, otorgan una especial importancia al trato deferente en su rutina diaria. Esta actitud se transmuta de inmediato en el ánimo del que recibe ese trato, en el reconocimiento de una superioridad mental: <<Si se me trata de esta manera es porque debo de ser inteligente>>. En consecuencia, corre peligro la autocrítica, que es el mayor apoyo al mínimo buen sentido.>> (páginas 27-30) (subrayado es mio)

   Este análisis se puede aplicar a los creadores de las "subprimes", a Madoff o algún que otro dirigente de las cajas de ahorro y bancos españoles. ¿Será posible que su ansia de ganar dinero desbocadamente y de actuar al tiempo en garantes de la ortodoxia económica se convierta en aquella tumba que decía Marx se cavaría la burguesía a sí misma? Esta crisis está mostrando el poder de los capitalistas y al tiempo también su cegadez y falta de memoria. En su ansia de hacer el defecto virtud y de aplastar a su gran rival institucional, la regulación estatal y supraestatal, pueden crear una situación que lleve a las sociedades desarrolladas y subdesarrolladas a buscar su control cuando no su aplastamiento. La cuestión es cómo. La Historia nos ha mostrado que las respuestas no se crean sino que aparecen cuando  menos lo esperamos y arramblan con todo. Los científicos sociales y políticos han vislumbrado o profetizado los problemas pero las soluciones se les resisten más. La línea entre reforma y revolución está en la capacidad de las clases dominantes para darse cuenta de que no debe tensarse demasiado la cuerda. Si actúan como señala Galbraith y parece que lo están haciendo puede llevar donde menos se lo esperan, a su canto de cisne (este último comentario es una extrapolación propia que no aparece en modo alguno en la obra de Galbraith).