lunes, 15 de diciembre de 2014

"Podemos" y el síndrome del PCI

¿Permitirá el capitalismo nacional e internacional un proyecto alternativo de izquierdas en el seno de la Unión Europea?
¿Podrá superar Podemos el techo de cristal que se construirá para evitar que su previsible éxito electoral se convierta en alternativa de gobierno?
¿Se convertirá Podemos en una secuela española del frustrado éxito del PCI de posguerra?

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"Logo P.C.I" di Bruce The Deus - [1]. Tramite Wikipedia.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

"Podemos" y las contradicciones del puritanismo político

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«Logotipo Podemos» por Andreuvv - Trabajo propio. Disponible bajo la licencia Public domain vía Wikimedia Commons.
Confieso que aunque me considero izquierdista no he leído todavía el programa de "Podemos". Bueno..., no he leído las ideas y propuestas que sus dirigentes han ido lanzando hasta el momento a la opinión pública.
"Podemos" me llama la atención por varias razones. La primera es obvia, como izquierdista no puedo dejar de observar con curiosidad y esperanza cualquier formación política que airee ideas de mi lado del arco político. Segundo, la guerra mediática que se ha organizado alrededor de dicha formación y sus dirigentes no puede dejar a nadie indiferente. Lo que se inició como un debate entre tertulianos televisivos ha degenerado en una especie de guerra de religión por ambas partes. Rememora luchas aparentemente acabadas con la caída del comunismo. Finalmente, es sugerente y adictivo el lenguaje fuertemente maniqueo de sus dirigentes.
Es en este último donde me voy a centrar. No en el carácter puntero, para algunos demagógico, de su discurso; algo muy criticado por la prensa derechista más carca y por los izquierdistas más inmovilistas y desconfiados (incluidos los de la "casta"). Es en las implicaciones de su discurso frentista en lo que voy concentrar mi atención.
Cualquiera que escucha a Pablo Iglesias Turrión, no al añorado "Abuelo", y sus compañeros de proyecto cae en la cuenta del planteamiento fuertemente dialéctico que gobierna sus palabras. Frente a la corrupción de la "casta" política y económica tenemos su nuevo proyecto libre de los defectos del viejo mundo. Frente a la corrupción generalizada se exalta una especie de pureza ética y moral que deberá ser quien limpie este país de una vez por todas. Son a la política lo que los puritanos ingleses eran a la religión y las costumbres en el siglo XVII. El problema es que, al igual que les ocurrió a sus antecesores, su puritanismo corre el riesgo de chocar con la realidad.
El discurso de "Podemos" descansa en el poderío de unas palabras radicalmente críticas con la "vieja política". Frente a ella enarbola una nueva moral política llamada a regenerar España barriendo de una vez todos los males de ese Franquismo residual que sobrevivió con la Transición. Este discurso tan dualista y tan demonizador del contrario (la casta se lo han ganado a pulso, ya lo creo) solo es creible si el que lo realiza se situa en el polo opuesto. Frente a la degradación y decadencia está la pureza y la honradez del nuevo partido y sus componentes. Su puritanismo político no creo que sea casual, Iglesias y sus amigos han demostrado ser auténticos artistas del marketing político. Frente a la podredumbre solo cabe la higiene y así tiene que ser percibido por una sociedad harta de corruptelas y saqueos. El problema es que los discursos radicales manifiestan sus contradicciones antes que los demás. El puritanismo atemporal tampoco fue una excepción a esa regla.
En el punto de partida de las contradicciones puritanas está su afán de criticar la decadencia ajena exaltando su propia pureza y rectitud. Solo así se consigue la coherencia necesaria en la situación actual. Difícilmente sería creíble de otra manera. El problema radica en que, aunque nos duela, dicho perfeccionismo, aún asumido con fuerza y pasión, nunca podrá ser completamente real. De ahí que el término puritano haya acabado teniendo para muchos una acepción totalmente peyorativa: hipócrita. Desgraciadamente la más mínima mácula estropeará la blancura inmaculada del paño. Es cierto que nunca se alcanzará la negrura y la corrupción del contrincante, lo han puesto muy difícil, pero... ¿la gente quiere nuevos experimentos con viejos resultados, aunque sean mínimos? Además los individuos, incluidos los más heterodoxos, en la asunción de sus ideas y valores interiorizan, sinceramente o cínicamente según los casos, la totalidad de su discurso rechazando cualquier contradicción que lo ponga en peligro. Sólo así se entiende la irritación de Iglesias cuando la prensa de derechas, tras rebuscar afanosamente, ha aireado algunas situaciones "dudosas" de su entorno personal y político.
Otra contradicción del puritanismo de "Podemos" es el alcance último de su crítica. Su discurso va dirigido a los desfavorecidos, a las víctimas de la casta... La crítica se reserva, por tanto, a esa casta corrupta, traidora y decadente que es la culpable de los desafueros del capitalismo de amiguetes que campa en este país. ¿Bastará con barrer a la casta económica y social para alcanzar la regeneración social de España? ¡Cómo si una porción considerable de la sociedad española no hubiese sido nunca corrupta y egoísta! Como los puritanos calvinistas del mil setecientos se arriesgan, cuando pasen los malos vientos, a quedar aislados en una sociedad real, madre de la casta política, donde desgraciadamente las miserias conviven con los ideales y las utopías. Cuando esta situación se presente ¿tendrá Podemos más salidas aparte de la demagogia y el monolitismo bolchevique?
Hasta ahora he visto a los partidarios de "Podemos" utilizar un discurso que defiende una higiene estricta de nuestra sociedad y política. Discurso continuador de las ideas regeneradoras de los grandes líderes revolucionarios europeos: Cromwell, Robespierre o Lenin. No es de extrañar que a algunos les asuste tanto poderío verbal, hasta el punto que empiezan a desconfiar del otrora ensalzado régimen democrático. Porque para su disgusto hasta ahora nada se sale de dicho marco legal. ¿Cuál será el papel histórico de Podemos en el futuro? Recordemos a los revolucionarios puritanos ingleses y sus homólogos jacobinos. Fueron buenos líderes y también buenos gobernantes pero al final, cumplida su función higiénica, la sociedad los apartó como un trapo usado. Fueron una paréntesis crucial al que el tiempo terminó poniendo en evidencia sus contradicciones y la rigidez de su discurso religioso, político y social. No seamos pesimistas, quizás el destino de "Podemos" no se limite a realizar un papel decisivo aunque transitorio en la historia de este país. Y aunque así fuera en momentos fugaces se han creado universos enteros.

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«ElectionMonthlyAverageGraphSpain2015» por Impru20 - Trabajo propio. Disponible bajo la licencia CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons.

jueves, 10 de abril de 2014

El fracaso de la Segunda República (parte 1ª)

A pesar de los ríos de tinta sobre ella sólo hay un hecho objetivo, por doloroso que resulte, y es que la Segunda República constituyó un fracaso. Sí, fue un fracasó. No sobrevivió y, ya sea como régimen político ya sea como proyecto político-social-econónomico, desapareció. En estricto sentido ella no fracasó, su desenlace constituyó un fracaso pero no fracasó. Si alguién fracasó no fue la institución sino sus valedores e impulsores. No fueron capaces de garantizar su supervivencia ejecutando con éxito su proyecto a pesar de los obstáculos que aparecieron en su camino.
En la presente entrada voy a realizar un análisis de dicho fracaso. Si alguien está esperando conclusiones deterministas que consideren dicho fracaso como algo inevitable, que se desengañe ya mismo. Nuestro experiencia republicana del siglo XX podía haber tenido éxito. Es verdad que algunas de las circunstancias que la rodearon escaparon a su control, como la polarización ideológica del periodo de entreguerras o la depresión de los años treinta, pero también es cierto que otras podían haber ido por otros derroteros si los políticos republicanos y sus grupos afines hubiesen, por ejemplo, manejado los tiempos de forma distinta. No pretendo realizar un planteamiento "contrafactual". No creo en ese método de investigación: fijar una alternativa histórica objetiva es prácticamente imposible sin entrar en monocausalidades y en planteamientos partidistas; además, medir su éxito es prácticamente imposible.

Las Segunda República: un acercamiento al régimen político y su proyecto.
¿Qué fue la Segunda República? ¿Qué representó para sus contemporáneos?
Debemos iniciar nuestro análisis rechazando todo tipo de extrapolación y proyección de nuestro presente sobre el pasado republicano. Ello sólo puede llevarnos al partidismo y a la  manipulación histórica.
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua (edición de 2014) la palabra república tiene las siguientes acepciones:
  1. "Organización del Estado cuya máxima autoridad es elegida por los ciudadanos o por el Parlamento para un período determinado".
  2. "En algunos países, régimen no monárquico."
  3. "Estado que posee este tipo de organización o de denominación."
  4. "Cuerpo político de una sociedad."
  5. "Causa pública, el común o su utilidad."
  6. "Irón. Lugar donde reina el desorden."
De partida nos olvidaremos de las acepciones 4 y 5 pues considero que salen fuera de lo que estamos tratando en esta entrada.  Las acepciones 1, 2 y 3 muestran que la palabra una república no es más que un tipo de régimen político con unas características muy determinadas . Mientras que la segunda hace hincapié en la misma como una alternativa a la "Monarquía" en la primera se hace hincapié en el carácter electivo del jefe del Estado. En España por contraposición a la monarquía constitucional oligárquica del periodo isabelino, de la  Restauración y del periodo alfonsino el carácter electivo de la Jefatura del Estado se hizo extensivo a un supuesto carácter democrático del sistema republicano. Sabemos que dicho carácter democrático no es un necesidad histórica pues muchos son los ejemplos que lo desmienten: la  Primera República en su segundo año de existencia (1874); dictaduras derechistas envueltas en regímenes políticos republicanos (Argentina, Chile....); regímenes comunistas (repúblicas democráticas)... La tercera acepción hace referencia a la conjunción de la 1 y 2 como base del régimen político que recibe dicha denominación.
Como ya he comentado el régimen político republicano se convirtió en una alternativa política democrática que atrajo a todos aquellos grupos políticos ajenos a la alternancia restauracionista y a todos aquellos que constataron con frustración la incapacidad del anterior para evolucionar hacia una democracia real tanto de carácter político como social (en este sentido no había mucha diferencia con muchos de los revolucionarios europeos de 1848). Igualmente los postulados regeneracionistas vieron en ella, de forma mayoritaria, el medio para la modernización integral de España tras el fracaso de las tentativas monárquicas en este sentido (incluida la Dictadura de Primo de Rivera).
El fracaso de los dos experimentos republicanos españoles, con fuertes desórdenes durante su existencia (guerras coloniales, carlista y cantonalista para la Primera y Guerra Civil para la Segunda) nos conducen a la sexta acepción de nuestro diccionario. Indudablemente, su origen se encuentra en los detractores del sistema republicano que la ven como una fuente de anarquía y caos.
¿Cuáles fueron las líneas de actuación del proyecto de la Segunda República? La respuesta es breve y sencilla: la superación de la política, sociedad y economía del régimen monárquico alfonsino y calmar las fuertes tensiones de la España del primer tercio del siglo XX. Para ello se debería llevar a cabo una modernización integral del país que lo metiesen definitivamente en la Edad Contemporánea. Concretarlo ya fue más difícil aunque lo vamos a intentar partiendo de las medidas tomadas durante el primero periodo republicano:
  • Democraticación real de la política española. Ello se conseguiría parcialmente con la Ley Electoral del 25 de abril de 1931 en la que buscó la desaparición del sistema caciquil. Aún así su éxito fue solo parcial pues todavía en numerosas regiones españolas pervivieron los mecanismos de dominación social y económica que había constituido su sustento.
  • La laización del estado y la sociedad española, sobre todo la completa separación de la Iglesia con el Estado. Su plasmación la tenemos en las medidas tomadas para la secularización de cementerios (decreto de 30 de enero de 1932) y hospitales; la laización de la enseñanza (decreto de 5 de mayo de 1931), la vida social y la legislación familiar (ley de divorcio de 2 de febrero de 1932), la proclamación de la libertad de cultos (15 de abril de 1931)... Su sustento constitucional fue el artículo 26 de la Constitución de 1931. Con él llegarían también alguno de los viejos anhelos del liberalismo hispano más progresista: disolución de los jesuitas (23 de enero de 1932) y al Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas (25 de mayo de 1933)
  • La descentralización de la administración territorial.  Mucho se ha debatido del alcance de las aspiraciones descentralizadoras de los grupos políticos que sustentaban a la Segunda República. Parece que estas eran inicialmente limitadas (el Estado integral), buscando calmar las aspiraciones catalanas en este sentido (aprobación del estatuto el 2 de septiembre de 1932) manteniendo la coesistencia entre la descentralización localizada en Cataluña, País Vasco y Galicia y la centralización del resto del territorio nacional.
  • Garantizar una legislación social y laboral de corte progresista. Como ya se sabía la democratización no podía ser completa ni real sin una política que garantizase los derechos sociales y laborales a la clases más desfavorecidas. Ello se vio reforzado por el apoyo prestado por organizaciones políticas obreras (PSOE) al cambio de régimen que buscaban no sólo una gestión social y laboral más justa sino también despertar la conciencia de clase de dichos colectivos. Partiendo de ello se llevó a cabo una regulación de las relaciones laborales, incluyendo el mundo agrario: Ley de Contratos de Trabajo de 21/11/1931; Ley de Jurados Mixtos de 27/11/1931; Decreto de Términos Municipales de 20/04/1931... En ellas también se establecían medidas tanto para mejorar las condiciones laborales de los asalariados (jornada de 8 horas o vacaciones pagadas) como para legalizar el derecho a la huelga.
  • La reestructuración de la propiedad agraria. En la misma línea que el punto anterior los republicanos y sus grupos afines defendieron una restructuración de la propiedad agraria o por lo menos del usufruto del suelo de cultivo. Iba más allá de un deseo de redistribución de la propiedad, buscaba enmendar los resultados de una revolución liberal nefasta para los grupos sociales más pobres del campo. Las posibles consecuencias de la revisión del derecho de propiedad, en este caso de bienes raíces, serían una fuente de división que darían al traste con la principal actuación en este sentido: la Ley de Reforma Agraria (9 de septiembre de 1932). Sin embargo no fue la única acción legislativa de calado en este sentido: Ley de Deshaucios (29/04/1931), Decreto de Laboreo Forzoso (7/5/1931) y Decreto de Asociaciones de Obreros Agrícolas (7/5/1931).
  • La desmilitarización de la vida política española. El liberalismo español fue "liberalismo de espadones" (Raymond Carr) debido al raquitismo de sus apoyos sociales y económicos. Los militares habían ejercido una fuerte tutela sobre los distintos regímenes liberales entre 1836 y 1931 en uno o en otro sentido. Sin desmerecer del deseo de modernizar unas fuerzas armadas ineficientes y corruptas el objetivo último era devolver de una vez por todas a los militares a sus cuarteles, de los que habían estado saliendo continuamente desde 1814. Había que republicanizar al ejército.
La supervivencia de la República, con lo que ello suponía, y la pervivencia de su proyecto serán el mejor indicador de su éxito o fracaso. Lo cierto es que el régimen republicano democrático había desaparecido para el 1 de abril de 1939 y las medidas que lo encarnaron habían sido removidas en los años siguientes. El fracaso había sido total. Sin embargo debemos dejar claro que este fracaso fue únicamente de resultados inmediatos, no lo fue ni intenciones ni de visión de futuro. La mejor muestra es que nuestra sociedad ha recogido lo esencial de dicho proyecto y lo tiene normalizado e interiorizado. Algunas cuestiones como la reforma agraria han perdido vigencia y urgencia debido al éxodo rural. Aunque algunas otras quedan pendientes de debate, como el régimen monárquico, han perdido gran parte de su significado democratizador. El éxito del proyecto republicano de los años treinta se alcanzó ya sin la República.
Habría entonces que preguntarse ¿por qué la Segunda República constituyó un fracaso? Intentaremos aclararlos en próximas entradas.

martes, 1 de abril de 2014

El rigor metodológico en la defensa de la memoria histórica española del siglo XX

Las investigaciones historiográficas que defienden la recuperación de la memoria histórica española del siglo XX, fundamentalmente la Guerra Civil y el Franquismo, son cada vez más abundantes en la producción editorial y en los trabajo doctorales. No es posible negar de ninguna de las maneras la carga ideológica que tienen. Es por ello que la motivación de su lectura va más allá de la mera curiosidad y del interés bibliográfico. Sus defensores chocan duramente con unos detractores que se esconden detrás de la tradición tardofranquista de olvidar y pasar página. Los intentos de crear una producción niveladora que recuperara el victimismo legitimador franquista no son más que una sombra incapaces de competir con sus antecesores más clásicos: Joaquín Arrarás, Ricardo de la Cierva, la martirología española de los cuarenta y cincuenta o la "Causa General".
Parece pues que a las investigaciones que defienden la recuperación de la memoria histórica durante la Guerra Civil y el Franquismo tienen un prometedor futuro a corto y medio plazo. Sin embargo desde mi punto de vista aparecen algunos nubarrones en el horizonte que pueden ponerlo en peligro. Los arrivistas ajenos a la disciplina historiográfica (algo muy común, para nuestra desgracia) o con un conocimiento supérfluo de la misma, que ven en la recuperación de la memoria histórica un medio para alcanzar nuevos méritos y para engrosar su currículo político, se han unido a una moda cuya trascendencia va más allá de la investigación histórica. En esta línea he podido leer desde hace algunos años algunas tesis doctorales dirigidas por algunos historiadores-políticos.
Ello no debería ser un problema en sí mismo. Nos debería dar igual las aspiraciones personales del historiador. De la misma manera que a nadie parece preocuparle que una investigación histórica sirva de trampolín para la consecución de una cátedra universitaria, a nadie le debería alterar que su autor consiga cierto renombre en un partido político defensor a ultranza de la recuperación de la memoria histórica. Sin embargo a nadie se le escapa que esta comparación es extremadamente ingenua y bienintecionada (en otras palabras, tonta). Un aspirante a catedrático debe probar su valía investigadora ante unos colegas dispuestos a velar por la seriedad de la disciplina (sí, ya lo sé, en esto también peco de ingenuo). Por desgracia los compañeros de partido un aspirante a político no suelen ser tan rigurosos. Así se pueden detectar en algunas monografías sobre represión franquista durante la Guerra Civil y la posguerra algunos fallos graves que pueden en el medio plazo dar al traste con la recuperación de la memoria histórica de quienes las sufrieron. Errores terminológicos o abuso de fuentes historiográficas sin una crítica adecuada o sin buscarle fuentes complementarias que las apoyen suele ser de lo más común. El abuso de las fuentes orales no utilizadas adecuadamente, por ejemplo, no solo restará credibilidad a un trabajo concreto sino también a todo su campo investigación. Proporcionará gratuitamente argumentos a sus detractores. Y todo ello sin entrar en cuestiones más profundas del trabajo científico de un historiador: la elaboración de hipótesis y la comprobación rigurosa de las mismas. Concluyendo, que el fin no puede nunca justificar los medios, de lo contrario nos arriesgamos a ceder la iniciativa a aquellos que desean cortarla de raíz.
Es por ello que, sin buscar una profundización excesiva, hago las siguientes propuestas metodológicas a aquellos que se arriesguen a surcar la procelosas aguas de la investigación histórica en general y de la recuperación de la memoria histórica del siglo XX en particular:
  • Rigor en el uso de la terminología histórica. Trasladamos terminología actual propios de nuestra sociedad y política actual al pasado sin ningún empacho ni reparo. Debemos realizar una crítica seria y clara (conocida por el lector) para evitar extrapolaciones vergonzantes. En consonancia con tenemos que ser capaces de contestar coherentemente preguntas como estas: ¿Se puede aplicar a un anarquista combatiente en el frente de Aragón la etiqueta "defensor de la democracia"? ¿Qué etiquetas se aplicaría él a sí mismo y a su causa? ¿Nuestra concepción de la democracia sería igual que la suya si la tuviera? Si no tenemos cuidado nuestra investigación no guardará muchas diferencias con una tertulia televisiva o radiofónica.
  • Crítica rigurosa de las fuentes historiográficas, sobre todo de las fuentes orales. Estas, en concreto, precisan una crítica compleja y necesitan el apoyo de otras fuentes para que sean creíbles. Sin la contrastación adecuada de nuestras fuentes siempre pueden aparecer otras que a contradigan y que hundan las conclusiones en ellas fundamentadas.
  • Hay que intentar evitar una implicación excesiva y con ella las justificaciones de las acciones de unos para demostrar la malintencionalidad del otro. Comprender las causas no debe ser, bajo ningún concepto, justificar actos deplorables y condenables. Cualquier tufillo en ese sentido nos hará perder credibilidad científica de forma gratuita.
  • Hay que intentar evitar el regusto de los historiadores amateurs por la crónica vacía sin un fin explicativo. Recordar es necesario pero no tendrá ningún valor sin un fin explicativo y comprensivo que amplíe y complete nuestro conocimiento sobre el tema investigado. Además, cuando se busca comprender y explicar se es más riguroso metodológicamente que cuando nos limitamos a contar hechos aislados. Por ejemplo con las fuentes.
  • Finalmente, unido a lo anterior, es preciso trabajar con un plan de investigación fiable y riguroso. Sin temor de los resultados de la misma, sean cuales sean. Los resultados concretos adversos o sin el alcance esperado pueden llevarnos a sentir decepción por el tiempo perdido pero bajo ningún concepto tienen porque acabar con la causa de la recuperación de la memoria histórica española durante el siglo XX.
Supongo que alguno considerará que es una "perogrullada" lo que acabo de escribir. ¡Seguro! Sin embargo el deseo de algunas instituciones locales de colaborar con "la causa" y la proliferación de internet han dado demasiada cancha a unas producciones de baja calidad historiográfica. Si no lo denunciamos, caso a caso, corremos el riesgo de desvirtuar la recuperación de la memoria histórica durante el Franquismo y la Guerra Civil. Hay que denunciar casos concretos. Esta entrada, una "pica en Flandes", es sólo el comienzo. Creo que sin cuestionar sus fines deberíamos ir poniendo en evidencia las deficiencias de este tipo de investigaciones. En la historiografía los atajos nunca han llevado a ninguna parte.
Women pleading with Rebels for Lives of Prisioners, Constantina, Seville - Google Art Project
Mujeres suplicando a los soldados rebeldes por la vida de sus familiares prisioneros. Constantina (Sevilla), verano de 1936 (Fuente: es.wikipedia.org/wiki/Represi%C3%B3n_franquista).

lunes, 31 de marzo de 2014

La "Primavera árabe" y la "Primavera de los Pueblos"

Arab Spring map
     Caída del gobierno     Conflicto armado     Protestas / Cambios en el gobierno     Protestas mayores     Protestas menores     Protestas en países islámicos fuera del Mundo ÁrabeFuente: es.wikipedia.org/wiki/Primavera_%C3%A1rabe
Cuando en la primavera de 2011 el mundo árabe tuvo su nuevo despertar revolucionario los diseñadores de titulares mediáticos le asociaron con aquella otra "Primavera de los Pueblos" que en 1848 barrió Europa desde el Vístula a los Pirineos. Desconozco quién creó el término la "Primavera árabe" pero lo que es indudable es que en los meses posteriores al estallido tunecino un vendabal revolucionario barrió el mundo árabe desde el Tigris al Atlas. Un torbellino rico y complejo lleno de experiencias y circunstancias particulares de cada país afectado.
Las experiencias revolucionarias han sido tan diferentes y variadas como lo son las estructuras sociales y políticas que las alumbraron: Túnez, Egipto, Libia, Marruecos, Jordania, Siria o Bahrein han vivido procesos en algunos casos radicalmente distintos. Una sociedad abierta al exterior como la tunecina parece que lleva camino de alumbrar una constitución y un régimen político de corte democrático occidental. La relativa homogeneidad social, religiosa y étnica (o tribal) tunecina constituye un entorno favorable a dicho desenlace. Ello no se podría repetir en sociedades como la siria, en la que el régimen dictatorial baazista de fuerte estética laica y modernizadora ha demostrado no ser más que la fachada de una élite étnica y religiosa, la alauí, para garantizar su hegemonía, y también su supervivencia, en una sociedad fuertemente fragmentada. La alianza opositora no ha hecho más que estrellarse contra la resistencia alauí (con fuerte apoyo exterior y una fuerte experiencia en el control del aparato estatal), dispuesta a luchar desesperadamente por su supervivencia, y con ello ha puesto en evidencia su incapacidad para derrocarla. Sus rencillas y sus conflictos internos alejan su victoria de su horizonte a marchas forzadas. Si el régimen de Al-Asad no consiguiera destruir en un medio o largo plazo a las fuerzas opositoras será porque ni Estados Unidos ni las potencias europeas se resignarán a reconocer el fracaso de su apuesta siria frente a Rusia e Irán. Si el desenlace libio no fue el mismo fue debido a la incapacidad del régimen gadafista para rentabilizar su tradicional apoyo tribal y exterior frente a una oposición que empezaba a fragmentarse.
Otros países aparentemente no se han visto afectados o lo han sido de forma muy limitada. Caso interesante es el de Argelia ya vacunada tras el fracaso democratizador de los noventa y la ofensiva islamista de los GIA (grupos islámicos armados). Igualmente interesantes son los casos de Jordania y Marruecos en el que sus monarquías oligárquico-constitucionales, que mantienen todavía un fuerte respaldo popular, han tenido que transigir y ceder para poder sobrevivir, manteniendo una apariencia de status quo inalterado. Probablemente habrá sido necesaria una ampliación de sus apoyos sociales y económicos aunque sin abandonar su funcionamiento elitista y oligárquico.
Arabia Saudí y las monarquías petroleras del Golfo Pérsico mantienen superestructuras políticas arcaicas gracias a su riqueza energética inteligentemente socializada. Aún así la presión mesocrática probablemente habrá sido fuerte y habrá obligado a estos regímenes a mantener una doble política represiva y a emprender un limitadísimo aperturismo; el palo y la zanahoria.
Todos los ejemplos anteriormente citados mantienen cierto paralelismo con los hechos revolucionarios de 1848. Aunque es preciso salvar las distancias temporales, culturales y estructurales sin embargo es útil metodológicamente establecer dicho paralelismo sin caer en el peligro de las extrapolaciones. Su puesta en paralelo puede enriquecer nuestro conocimiento de ambos procesos revolucionarios. Es más, puede ayudarnos a predecir, como dirían los economistas "ceteris paribus", las tendencias de los acontecimientos futuros. El Túnez actual recuerda a la Bélgica decimonónica; Jordania y Marruecos renuevan la experiencia de la Prusia de los Hohenzollern; Siria y sus guerras civiles actualizan el hervidero étnico-religioso de la Monarquía Habsbúrguica; y Arabia Saudí mantiene cierto paralelismo con la Rusia zarista que si apoya las alteraciones del status quo es por apoyar a hermanos religiosos y consolidar su papel político militar en la región (muy del estilo de las intervenciones rusas en el Imperio Otomano). 
Caso aparte es el caso de Egipto. Guarda cierta identidad con la Francia de las "jornadas de febrero y junio". Como ella siempre ha ejercido un fuerte liderazgo sobre su entorno regional y su revolución se  ha convertido en la piedra del toque definitiva para el desarrollo de la "Primavera árabe". Su democratización fue el ejemplo a seguir y la superación futura de sus divisiones político-religiosas representaba una esperanza de estabilización social y política como meta del proceso revolucionario. Sin embargo como en la Francia de la Segunda República las clases medias, que se habían unido a las masas empobrecidas para romper las barreras establecidas por las oxidadas élites nasseristas, incapaces de aceptar las demandas sociales, políticas y religiosas de los Hermanos Musulmanes, apoyaron el golpe de Estado y la posterior represión (del 3 de julio al 14 de agosto de 2013). Un replay de las "jornadas del 23, 24, 25 y 26 de junio de 1848" en las que Cavaignac liquidó violentamente la agitación socialista frente al nuevo gobierno conservador. Al presentarse a las elecciones egipcias de mayo, Al-Sisi está retomando los pasos del viejo Luis Napoleón Bonaparte sin abandonar la senda señalado por Cavaignac.
Partiendo del análisis anterior podemos preguntarnos: ¿cuál será el desenlace de la "Primavera árabe"? ¿se mantendrá el paralelismo con la "Primavera de los Pueblos" también en este punto? Personalmente creo que sí, tanto a corto como a medio plazo. No olvidemos que a finales de 1849 las revoluciones europeas del año anterior habían fracasado estrepitosamente. Sin embargo el terremoto había sido tan demoledor que veinte años después se había reiniciado el proceso liberalizador en Europa, siendo progreso constitucional muy sustancioso. Creo sinceramente que esta será la senda seguida por el mundo árabe aunque en una sociedad tan acelerada como la nuestra los tiempos se abreviarán bastante. Sí, habrá finalmente un cambio. Cuando ocurra será más un compromiso y una concesión de unas élites desesperadas por ampliar sus bases sociales y políticas que por la acción revolucionaria y terrorista de las masas. Sólo el derrumbamiento del Estado puede cambiar estas expectativas: aunque en ese caso nos encontraríamos el ejemplo de las revoluciones rusas.